Ansiedad, stress, insomnio. Estas tres palabras formaban parte de mi día a día.

¿A dónde voy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde quiero llegar? Estas preguntas galopaban en mi cabeza con el mismo furor cual caballo salvaje que nunca ha sido domesticado por el hombre.

Por aquel entonces tenía 25 años, un trabajo estable, casa y un novio que me quería, pero por alguna razón no encontraba lo que muchos llaman "paz interior".

Fue entonces cuando compré un billete de avión a Tailandia, un viaje que emprendería en soledad, sin ningún fin concreto, mas que conocer el mundo oriental.

Mi primera sensación al llegar no causó mucho impacto.

Turistas se desplegaban como hormigas por la inmensa ciudad de Bangkok y de alguna forma me sentí insignificante entre tal muchedumbre. Tenía un contacto para trabajar en una granja a las afueras de Chiang Mai a cambio de comida y hospedaje, y así fue como conocí "Happy Healing Home".

La granja pertenecía a una familia humilde de Tailandeses, una pareja de unos 35 años, Jim y Tea y su hijo pequeño, Toung. Jim había sido monje budista durante más de 15 años. Durante el día ayudábamos a sembrar, cocinar y cuidar de los animales y por la noche nos reuníamos en una sala para aprender a meditar.

-"Intentar ver la luna", nos repetía Jim una y otra vez mientras nos sentábamos en el suelo de piernas cruzadas, "si lográis ver la luna, ya habréis dado un gran paso hacia adelante".

En esos 10 días nunca logré ver la luna.

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Los pensamientos me inundaban la cabeza, temores del pasado, temores al futuro, temores. La noche del quinto día al fin logré cierta paz, cierto control sobre mis pensamientos. Recuerdo como el cuerpo comenzaba a perder peso, los pensamientos desfilaban frente a mis ojos pero no lograban afectarme. De pronto nada parecía importar, más que permanecer allí sentada y respirar.

Fue entonces cuando decidí hacer un retiro espiritual de 10 días al Sur de Tailandia. Allí meditar se volvió el pan de cada día, desde las 5 de la mañana hasta las 10 de la noche. En los momentos de descanso, nos dedicábamos a observar a las hormigas, el color de las hojas o el suave movimiento de los árboles. A veces el silencio se hacía insoportable, en otras ocasiones ese mismo silencio lograba llenarte de paz. El cuerpo se hacía cada vez más ligero con cada #Meditación y comenzó a invadirme una cierta euforia. De pronto no todos, sino todo parecía estar conectado, el árbol con el hombre, el hombre con el pájaro, el pájaro con el silencio y el silencio con la respiración.

Respirar se volvió la experiencia más bonita jamas experimentada, porque ya no había ego, ya no había un "yo" que sufría. Pude comprender en esos días como somos dominados por nuestros falsos pensamientos, por el parloteo mental que no cesa hasta que logramos dormirnos. Comprendí que era este nuevo "yo" quien tenía el real control sobre mis pensamientos y no a la inversa. Conocí al fin lo que muchos llamaban "paz interior".

Al regresar a Europa volví a ser la misma chica de antes. El caos seguía allí. Pero volví con una herramienta, tal vez la herramienta más importante que un ser humano puede obtener: la meditación. Y me comprometo a desarrollar esta herramienta hasta el fin de mis días.

Daniella D´Souza