Tras cuatro días de disfrute en un resort de Cancún, toca ahora experimentar el México más local y auténtico. Mérida está a cuatro horas en coche desde Cancún, es una ciudad colonial cálida y tranquila. Pero no tenemos prisa, por lo que decidimos hacer una parada para comer en una playa donde nos han dicho hay un maravilloso cenote por el momento oculto al gran público.

 Estamos en mitad de Julio; la sensación térmica está por encima de los 40 grados. Las carreteras en la provincia de Yucatán están construidas en mitad de la selva. Desde el avión se visualizan como grandes extensiones de terreno verde segmentado por líneas grises; desde el interior de un coche, es una carretera flanqueada por dos paredes de bosque frondoso que impiden ver más allá.

 El navegador indica que hagamos un giro en mitad de la autovía, no hay ninguna indicación, pero hacemos caso a la máquina y torcemos. Llegamos a un camino de tierra rasurado en mitad de la selva que nos lleva a una zona de cabañas donde podemos leer un cartel escrito a mano que pone “Casa Cenote”.

 Aparcamos el coche en la entrada, hay un minubus y unos diez coches más. Nos atiende un joven yucateco que intenta empatizar con nosotros enseñándonos como se dice bienvenido en maya; nos cae bien, luego nos venderá un tour por el cenote a precio de guía turístico oficial.

 El cenote es un Pozo o estanque natural de agua dulce abastecido por un río subterráneo que se forma en numerosos lugares de la península de Yucatán por la erosión de los suelos, y al que los mayas dieron un uso sagrado.

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Tras pasar la verja de la entrada y entrar en el recinto, vemos ese maravilloso estanque de agua cristalina rodeado por árboles acuáticos que se extendía mas allá de nuestra vista.

 El joven yucateco consigue vendernos un tour por el cenote a precio de 400 pesos por cabeza; un poco caro, no obstante decidimos aceptarlo sin regatear ya que en algunos cenotes se han perdido bañistas por entre sus aguas subterráneas.

 El agua está fría comparada con la del mar Caribe: refresca y reconforta. Nos dejan aletas y gafas para hacer snorkel: es una auténtica gozada sumergirse por debajo de las raíces de los árboles; juego perseguir pequeños peces.

 Nuestro acompañante habla maya con sus colegas, nos ha prometido guiarnos a los lugares del cenote a los que no se puede acceder sin guía. Llegamos a una pared de árboles donde parece que más allá no podremos avanzar; nuestro guía se sumerge y aparece un par de metros delante. Naturalmente le seguimos todos, pasando por debajo de raíces de árboles, entre rocas y espantando peces.

 Todo está despejado, se filtran rayos de sol por entre las ramas y nos tomamos unos minutos para disfrutar del momento.

 Hablamos, buceamos, nos reímos. Nuestro guía está trabajando para reunir el dinero necesario para la peregrinación de la virgen de Guadalupe. Nos despedimos de el con cariño: sin duda han merecido la pena esos 400 pesos.

 El agua del cenote comienza a darnos frío y ya es hora de comer. Por lo que nos secamos y nos movemos a la playa que está justo enfrente.

 Caemos en un restaurante de sillas de madera y techos altos cubiertos de paja. Solo hay dos mesas ocupada.

Decidimos descansar un rato en las tumbonas que hay justo enfrente del restaurante.

 Corre una brisa refrescante, el sonido del mar caribe sin bañistas ni embarcaciones despeja la mente y nuestros músculos se relajan.

 No nos queremos marchar, quizás no lo hagamos. #mexico #Viajes #cancun