El feminismo occidental, los defensores de los Derechos Humanos y todas las asociaciones, ONGs, etc. que se mueven bajo el mismo estímulo, han condenado y definido los diferentes tipos de MGF como practicas culturales dañinas.

Desde el lenguaje humanitario, que usa como principal instrumento los sentimientos morales, y desde la reciente expansión popular de las teorías feministas se mete todo los tipos de modificaciones genitales femeninas en un mismo saco.

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De este saco los medios de comunicación, y consecuentemente, la opinión pública extraen un estereotipo: África, barbaros, islam, sumisión, dolor, patriarcado… Un estereotipo que nos transporta a tiempos de misiones y colonización; nosotros blancos, cultos, occidentales y civilizados nos vemos en la necesidad como pueblo solidario y democrático de ir a salvar a esos pobres negros bárbaros e incultos.

Prácticas culturales

La cuestión de la llamada mutilación genital femenina, así como otras prácticas culturales como el velo en los países islámicos, los cuellos de jirafas en Tailandia o los pies vendados en China, es una cuestión muy complicada y que debería ser atendida por especialistas, que no sean únicamente del sector sanitario, como sucede en muchas ocasiones, sino profesionales expertos en antropología, sociología, psicología y filosofía. Porque resulta muchas veces un reto contestar a preguntas como la siguiente: ¿cómo podemos hablar de prácticas machistas o que someten a la Mujer cuando en el mayor de los casos son las propias mujeres las que promueven estas prácticas y las llevan a cabo?

Para analizar estos asuntos debemos elegir un camino: si la mujer, en cuanto mujer y sujeto culturalmente diferenciado del hombre, tiene capacidad de decisión la tiene siempre y no solamente en el hemisferio norte y con un determinado color de piel.

Es decir, no podemos manifestar que las mujeres que practican las modificaciones genitales lo hacen bajo la presión de un sistema heteropatriarcal que les nubla su subjetividad y su capacidad de elección, pero que las mujeres estadounidenses que modifican sus genitales bajo la forma de la cirugía íntima -pudiendo éstas provocar la disminución del placer sexual- lo hacen de forma libre y consciente.

La belleza y sus ideales

Ninguna sociedad escapa a los ideales de belleza propios, normalmente diferentes entre cultura y cultura, que al final acaban confirmando el famoso refrán de “para presumir hay que sufrir”. Cada sociedad encuentra sus propias víctimas: la chica que se alimentará de brócoli y agua durante toda su vida e irá cada tarde dos horas al gimnasio, la que pagará 3000 euros por una cirugía estética para aumentar los senos y parecerse un poquito más a las modelos de las revistas, o la adolescente china que llevará sus pies vendados hasta conseguir el tamaño “adecuado”.

¿Pero y si en vez de víctimas cada una de estas personas siente que está haciendo aquello que quiere? El argumento de la voluntad sin duda es el más complicado, prácticamente imposible definir que es aquello que realmente deseamos de forma individual.

Si es un deseo que nos viene dado por exigencias sociales, ¿entonces no podemos considerar que sea un deseo propio y válido?

El estudio profundo de las prácticas culturales [VIDEO] nos llevará a conocer el simbolismo y la importancia que tienen determinados rituales o expresiones corporales dentro de una sociedad. Y a aprender también, que los símbolos no son estáticos, sino todo lo contrario, ya que pueden cambiar en el tiempo, y en muchas ocasiones ni siquiera se conoce su origen. Por ejemplo, hacer un agujero en cada oreja a las niñas poco después de su nacimiento en un origen tenía la función de establecer la diferenciación de género y evitar que el demonio se llevara a las niñas; sin embargo, hoy en día tiene una función puramente estética que continúa diferenciando el género pero del cual hemos olvidado que se enfoca hacia esto. Lo mismo sucede con tantas otras prácticas culturales, que cambian y se modifican en el tiempo.

El objetivo de este artículo es hacer una llamada al relativismo cultural como metodología, que no implica no poder juzgar absolutamente nada, sino juzgar desde el conocimiento y la justicia.