¿Cuántas veces de jóvenes pensamos en la buena idea que sería irnos a vivir con nuestros colegas y no lo hicimos por falta de recursos (o a veces de verdadera iniciativa)? Al fin y al cabo nuestros amigos estaban en la misma situación que nosotros, compartían nuestros intereses, problemáticas y muchas de nuestras ideas, no como nuestros padres, siempre con su moralina y sus normas a cuestas (nuestros hijos pensarán lo mismo, es inevitable).

Sin embargo, a la mayoría de nosotros la vida nos llevó por otros derroteros, mientras estudiábamos y nos formábamos continuamos en casa de nuestros padres y luego formamos nuestro propio hogar con nuestra pareja y nuestros hijos.

Pero, ¿por qué renunciar a nuestros sueños cuando estos pueden cumplirse a cualquier edad? Volver a pasar cuando somos mayores por el control, esta vez de nuestros hijos, cuando en el fondo llevamos toda la vida anhelando y esperando nuestro momento de libertad, una vez que ya no tenemos las obligaciones propias de tener que trabajar y mantener a nuestra familia puede hacerse muy cuesta arriba.

Pensamientos parecidos debieron pasar por la cabeza de los miembros de la cooperativa Trabensol, un grupo de amigos con una sensibilidad en común, conscientes de que la vejez se aproximaba y querían evitar trastornos a sus familias y seguir manteniendo su libertad y siendo útiles. Unidos diseñaron un centro a su medida, manteniendo apartamentos privados por parejas o individuales y espacios comunes para compartir el tiempo y las actividades.

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Además de un comedor, cuentan con biblioteca, sala de reuniones, sala de audiovisuales, sala de ordenadores, piscina terapéutica, fisioterapeuta, jardín y huerta etc. es decir, todo aquello que las personas mayores pueden desear para estar a gusto y poder continuar realizándose como seres humanos. Quizás un sueño de juventud hecho realidad.