Es una de las series de más éxito de Atresmedia recientes, que pese a su cambio de día de emisión en cada nueva temporada, tenía un público fiel que nunca se perdía un capítulo, de eso no hay duda.

Velvet, empieza la última temporada, esta serie ha tenido de todo. Este cronista ha participado como extra en varios capítulos, así que sé cómo era el ambiente de rodaje, y ahí tenía una de sus virtudes: ambientación cuidada y lujosa, hecha con elegancia y buen gusto.

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Eso es lo mejor de Velvet.

Otra sería el reparto, aunque me quedo con José Sacristán y Aitana Sánchez Gijón, como los más brillantes o los que sabían dar más vida a sus interpretaciones que el resto.

Pero sus hándicaps, sus defectos, y muy altos, es el alto grado de cursilería, más propia de otro tiempo, que destila la serie continuamente. Esas músicas que recrean canciones románticas de la época, metidas además de manera obsesiva y marcando la acción hasta el cansancio, te dejan un regusto más de producto antiguo que de comedia romántica que te haga recordar cuando el amor era puro y sincero, como se decía antes.

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Por no hablar de que esas músicas se mezclan con movimientos de cámara de abajo arriba, como cuando una modelo en un desfile lleva un vestido o entra una actriz que se supone que es el súmmun de la elegancia y la feminidad. Eso sin hablar de la forma de presentar las peripecias amorosas, más propias de una radionovela de la época, cursis y almibaradas, aunque tuviera toques presuntamente audaces, con los adulterios de varios personajes.

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Otro detalle de la serie que le perjudicaba incluso todavía más es la absoluta ausencia de referencias a la dictadura franquista. Recordemos que España no estaba entonces en una democracia, como cualquier país moderno de la época, sino en una dictadura retrógrada. Pues ni un solo aspecto de la dictadura. Y eso que el reparto, como he dicho, estaban Sacristán y Sánchez Gijón, que como se decía antes, “son más rojos que un coche de bomberos”.

Es increíble que no se hayan quejado de ello. Se puede ser apolítico y no tocar el tema político, pero parecía que no sólo silenciaban todo esto, sino que los guionistas aprovechaban comparando la España de entonces con “lo de fuera”, para meter sutilmente la idea de que “como España no hay nada”. Como si tuvieran miedo de que esas referencias políticas ahuyentaran al público más conservador, y ya se sabe que hoy en día, las series están diseñadas para captar cuanta más audiencia se pueda.

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No he hablado de su pareja protagonista, que también se contagia de la cursilería de la serie. Pese a que Miguel Ángel Silvestre le da una cierta ironía a su personaje, Paula Echevarría no sale de su interpretación de siempre. Se le veía así en las fallidas “Sangre de Mayo” y “Luz de Domingo” de Garci, sólo que cambiando de galán en cada una. Tienen carisma, eso sí, pero el guión no les ayuda.

Velvet hubiera sido mejor con menos carga de azúcar y un romanticismo más lúcido, lejos de esa cursilería que tuvo su tiempo y que hoy sólo gusta a las que peinan canas, como dice el tópico.

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Y también recordando que aquellos años no eran de libertad absoluta, como bien recordaba, burlando a la censura, Miguel Mihura en una de las obras teatrales punta de la época, “Ninette y un señor de Murcia”, donde se recordaba que en otros países podían hacer cosas impensables en aquella España. Incluso los padres de la protagonista eran exiliados políticos en Paris.

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