El equipo de Salvados, vuelve este domingo con un programa que no podía quedarse solo en el terreno televisivo. La historia de un velero de lujo, convertido en un barco para refugiados por la ONG Proactiva Open Arms, era algo que debía romper con la línea del programa. Por ello, durante toda esta semana, el documental de 100 minutos de duración (un programa de Salvados suele rondar la hora), se ha estrenado en más de 130 salas de cine con grandes resultados en el público hasta el momento.

El jueves 13 de diciembre, fui a ver el documental al cine sabiendo lo que es Salvados. Seguramente y así lo puedo afirmar para mí mismo, el programa informativo que más me influye en mi conciencia política y social.

Salvados nació como un programa de humor y de crítica política en 2008. Jordi Évole, el follonero por aquellos tiempos, era un tipo listo, gracioso y simpático. Sin embargo, ahora es uno de los periodistas más importantes de este país.

El humor en el programa fue desapareciendo, en favor del periodismo de investigación más serio y crítico que podemos apreciar en los grandes medios de comunicación. Y con Astral, Jordi Évole y Salvados alcanzan una nueva cota la de la crónica de un suceso que pasa día tras día. Un suceso que ha dejado de tener el cariz del término, porque el drama que viven los refugiados en las costas y en lo más profundo del Mediterráneo no es otra cosa que la triste rutina.

Lo más predecible en un programa de Salvados, hubiera sido que centrasen su punto de mira en Europa y en su actitud vergonzosa y sonrojante para cualquiera que estemos en este continente. Pero en Astral, este punto es fútil. Es algo que no hace falta decir, solo hace falta ver.

La primera parte del documental se podría considerar como un programa más de Salvados. Évole haciendo entrevistas a los voluntarios que trabajan en el barco, sus impresiones, el porqué de sus decisiones, un recorrido por la historia del barco (que fue cedido por el empresario Livio LoMonaco, de la conocida empresa de colchones).

Todo correspondido con una gran fotografía, grandes planos y una historia contada desde la sencillez y una natural fluidez.

Queda para la memoria el momento en el que Óscar Camps, director y fundador de la ONG discute con el dueño del barco por el mal estado del mismo. Un barco de lujo que se despedaza en la cubierta y en el que llevan invertido mucho dinero.

Pero el momento llega, y la cámara se sube en una barca para captar como una parte de los voluntarios del Astral rescatan a una gran cantidad de refugiados.

La desesperación por subir, el caos y la gran cantidad de personas que hay en el dingui (la barca en donde suelen viajar los refugiados) hacen que se rompa con la bonita fotografía y los fantásticos planos. El documental te coge del estómago y te remueve hasta el final.

Según Évole, el objetivo es que el espectador empatice con los refugiados y esto solo lo puede conseguir con algo tan directo que azote nuestras conciencias.

He de reconocer que, conforme avanzaba el documental, temía que llegase este momento, el momento por el que había entrado en la sala. Seguramente tenía miedo a que las vergüenzas europeas y la hipocresía de la que en cierta manera participo, quedasen a la luz en una sala tan grande.

Me queda en la memoria la cara de uno de los voluntarios de la ONG, seguramente el más joven que estaba en el barco. Un chico con una poblada barba que habla poco pero que refleja con su cara lo que yo estaba sintiendo.

Las entrevistas con los refugiados, su idealización de Europa, tan chocante con lo que algunos pensamos, el momento en el que Évole le pregunta a un chico en dónde cree estar en un mapa, y el piensa que muy cerca de Grecia cuando en realidad están en medio del Mediterráneo...

El silencio, al terminar el documental es de lo más duro que he experimentado en una sala de cine. En definitiva, creo que como yo todos nos avergonzamos de lo que acabábamos de ver en aquella pantalla. No había nada que decir.

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