La noticia desconcertante del fallecimiento de David Bowie ha permitido inevitablemente una global redefinición de su último álbum, Black star, y en particular de su extrema canción publicada, Lazarus. Todo, cualquier palabra silencio o respiro, recibe y adquiere ahora un significado inédito y echa luz sobre la misteriosa e inesperada muerte del mito mundial del glam-rock.

‘Estrella negra’ y ‘Lazarus’, éste como una de las más célebres figuras bíblicas revividas por Jesús, logran un valor resplandeciente, después de que la familia del Duca Blanco desvelara la verdad escondida.

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Ya desde hace 18 meses David Bowie había empezado su batalla personal contra la enfermedad, aquel terrible cáncer de hígado que ha hecho que su vida acabara con 69 años. Bowie sabía que estaba guerreando contra la muerte, contra los límites carnales de la condición de la existencia humana.

“Look up here”, vocaliza la leyenda Bowie en su canción, “I’m in heaven”. Como si estuviese donándonos una premonición. Como estuviera cantando y dibujándonos, hasta la más detallada coloración, su futuro. “Mirad ahí arriba. Estoy en el paraíso. Poseo cicatrices que no se pueden observar”, entona el Duca Blanco en el íncipit de la canción que ya lo veía en el paraíso. Y las imágenes del video de Lazarus (dirigido por el director, músico y fotógrafo sueco Johan Renck) no son menos impactantes: Bowie tirado en la cama de un hospital (un para nada casual ‘lazareto’ tenebroso y posmoderno) atrapado y con los ojos vendados dentro de una atmósfera inquietante y algo angustiosa.

Tal como ya muchos atestiguan, es imposible no reconocer en Lazarus, y en Black Star en general, el regalo póstumo del cantante británico, su obra maestra, sus memorias, las líneas conclusivas de su testamento terrenal.

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Hasta el conmovedor final, aquella promesa, donde afirma “You know I’ll be free”, como un presagio de defunción que no puede evitar de convertirse en un augurio de libertad. Como un extremo desahogo que se configura como un bálsamo para cualquier herida.