Gravity, una de las obras maestras del mexicano Alfonso Cuarón, está de nuevo de actualidad por su reciente emisión en Antena 3, cinta que además fue lo más visto del día 1 de noviembre, gracias a sus más de 3 millones de espectadores. Y es que las historias que ocurren en el espacio son, como estamos comprobando gracias también a Marte (The Martian), lo último de Ridley Scott, que sigue triunfando en salas, un atractivo innegable para el público.

2001: Una odisea en el espacio, Alien, Interstellar, son títulos ya míticos que, con mayor o menor aceptación, se han ganado un lugar de privilegio entre nuestros recuerdos del género, ese que popularmente se conoce como películas del espacio, tenga luego cada una de ellas sus elementos correspondientes de ciencia ficción, drama o comedia, en la modalidad de humor negro, caso de ese terrorífico, octavo pasajero.

Cada vez que alguna se estrena nos rondan por la cabeza las mismas preguntas extracinematográficas: si habrá sido muy cara, dato que no es difícil de obtener, cuán complicado habrá sido hacerla, a lo que seguramente el director responderá que mucho, pero sobre todo si la película, en su planteamiento, resulta creíble.

Por supuesto, un extraterrestre entre la tripulación es un elemento asumido como fantástico, y no se cuestiona fuera de ese habitat, pero cuando se trata de pesar la ciencia respecto a la ficción, ojos y oídos permanecen alerta ante cualquier desliz que las licencias de la obra decidan permitirse, con excepción tal vez de Interstellar, película sumergida en la ciencia con una precisión teórica tal que más provocó el rechazo inmediato que la aceptación tras la debida reflexión.

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Pero ninguna, ni la de Christopher Nolan, ni Gravity, ni Marte (The Martian), la más comercial de las últimas estrenadas, llegan a convertirse en películas sin el debido asesoramiento profesional. Expertos en las materias instruyen a los equipos que las hacen posible, tanto desde el punto de vista teórico como en el que se refiere al trabajo con los actores, que pasan por la debida instrucción, simuladores incluidos, para meterse de forma correcta en los personajes que tienen a sus cargos.

Siempre damos por hecha la perfección del Cine americano, pero resulta extraño que después pongamos en duda aquello que nos ha mostrado, cuando una de las razones por las que vamos a ver sus películas es porque nadie como ellos para mostrarnos ese mundo que nos fascina y al que después de ver el título de turno queremos pertenecer, pero del que solo forman parte un pequeño grupo de elegidos, esos que informan como deben a los cineastas que, al igual que muchos de nosotros, lo normal es que estén lejos de dominar la materia.