Gran Hermano, Amor a prueba, Geordie Shore, Acapulco Shore, Jersey Shore... Los reality shows son ya una constante dentro de los productos televisivos. Espectadores de todo el mundo pueden presenciar a través de la pantalla de sus televisores la vida privada de personas completamente desconocidas, sus momentos felices y los más duros, los obstáculos que superan y los que fallan. Pero ¿qué efecto tiene esto sobre las personas que concursan en estos programas? Hay concursantes de algunos realities que han sufrido después del programa diversas patologías o problemas psicológicos a consecuencia de la exposición mediática de sus vidas.

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Convertir las vidas privadas de un grupo de personas en un producto de consumo por parte de millones de espectadores genera, sin duda, importantes beneficios, pero no puede negarse que la combinación del aislamiento que vive el grupo de la casa y la exposición de sus vidas privadas puede tener importantes efectos sobre la salud mental de las personas concursantes.

Si bien hay muchos concursantes que manifiestan estar encantados de haber participado en este tipo de programas, no podemos olvidar que hay otro importante número de personas que han padecido importantes problemas emocionales tras los mismos. En Estados Unidos, programas como The Contender, Paradise Hotel o Pirate Master han saldado algunas de sus ediciones con el suicidio de alguno de sus participantes, y uno de los concursantes de Big Brother USA llegó a poner un cuchillo en la garganta de otra participante, y otro de ellos sufrió un violento ataque de ira en el que empezó a lanzar muebles por doquier. El continente europeo no se salva de la posible asociación entre reality shows y problemas psicológicos: un concursante de la edición polaca de Gran Hermano tuvo que ser internado en un hospital psiquiátrico con el uso de una camisa de fuerza tras subirse al tejado de la casa en ropa interior.

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Nuestro país tampoco: en la cuarta edición española de Gran Hermano, un participante fue expulsado por comportamiento violento y amenazas.

La lista sigue: crisis de ansiedad, brotes psicóticos, e intentos de suicidio. No es sistemático, pero sí tiene la suficiente prevalencia como para descartar las casualidad, y empezar a reflexionar sobre las consecuencias psicológicas que pueden tener participar en este tipo de programas.