Hace casi medio mes, una de las imágenes más impactantes de la capilla ardiente y del funeral de Cayetana de Alba fue la desolada estampa de su viudo, dijo Kiko Hernández del colaborador del programa Sálvame. Destrozado por el dolor y sin poder dejar de llorar. Alfonso Diez Carabantes repetía insistentemente: "Qué va ser de mí, qué va ser de mi". Viéndolo tan roto, quedó claro para todos los que habían mirado con desconfianza o sorna el tercer matrimonio de Cayetana Fitz-James Stuart, a los 85 años de edad con un hombre 24 años más joven, que aquella fue una unión por amor, por mucho que se tratase de una amor por encima de los convencionalismos. Algo que le iba como anillo al dedo a la duquesa porque a esta mujer tan especial y magnética le encantaba zapatear, al dictado de su corazón, por encima de normas y costumbres.

A Alfonso se lo vio entonces con un vividor que intentaba aprovecharse de una anciana riquísima, que se había encandilado con su compañía. Lo que poco sabían entonces, es que la pareja se conocía desde tres décadas antes, cuando los presentó Jesús Aguirre, segundo esposo de la duquesa, que era íntimo amigo de un hermano de Diez.

Desde entonces, se había sentido fascinado por aquella mujer, apasionada y apasionante. Tras el reencuentro, retomaron la relación y surgió un amor intenso basado en el respeto y el cariño. Y como Cayetana era única, decidió que Alfonso sería su tercer marido, algo a lo que sus hijos se opusieron hasta que la duquesa y se avino a repartir en vida, su ingente patrimonio, y el funcionario renunció por escrito a todo lo que tuviera que ver con el dinero y la nobleza de su novia. Pero incluso, antes de casarse en Sevilla, el 5 de octubre de 2011, aquel amor crepuscular e inesperado obró un efecto milagroso en Cayetana.

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Se avino a operarse la hidrocefalia que padecía, dejó la silla de rueda en que estaba recluida y rejuveneció una veintena de años.

Alfonso pidió una excedencia del trabajo, cambió su piso en Chamberí por el Palacio de las Dueñas y se entregó en cuerpo y alma a su mujer, salían a comer con los amigos, viajaban si el estado de salud de ella lo permitían, le leía la prensa, charlaban mucho, se reían y sobretodo, disfrutaban juntos de dos aficiones, las antigüedades y el cine. Algunas semanas iban hasta tres estrenos.

Pero pasados aquellos seis años de felicidad compartida-tres de ellos como matrimonio, Alfonso se ha quedado solo y triste, sin la compañía de esa mujer que tanto le fascinaba.