¡Adiós querido Robin! En la noche del lunes once de agosto, cuando todavía andábamos subyugados por la gran Super-luna que seguía brillando esa noche, el mundo del Cine se quedó atónito ante la noticia de la muerte del que probablemente haya sido el actor cómico, dramático y más genial desde hace muchas décadas.

Robin Williams, el actor de las mil caras. Héroe por siempre para mi hija, que sigue atesorando su vídeo de Flubber y el chiflado profesor desde que era un bebé. Mágica y desastrosa niñera que todos quisimos alguna vez para nosotros, se nos iba al mundo de su eterno amigo Peter Pan.

Al resto de los mortales amantes del buen cine y conocedores de su buen hacer en las pantallas, la noticia nos impactó aún más, ya que en ningún momento podíamos imaginar que Robin Williams, siempre sonriente y tan lleno de vida, dentro y fuera de las pantallas, pudiese llegar a dejar este mundo de una manera tan triste,a pesar de sus problemas de adicción del que muchos sabíamos.

El oscuro y largo pasillo de la depresión no respeta nada ni a nadie, llega y se instala en tu cabeza, y no importa cuanto y como hayas vivido, sencillamente te atrapa y no ves ninguna otra salida, no es que no quieras ser feliz, ni si puedes ser feliz, sino que la tristeza se instala en tu alma y te absorbe toda la energía de la propia vida, y entonces, el único camino viable en tu mente es tratar de llegar a esa otra orilla donde pensamos que encontraremos la paz.

Siempre pienso que en el último momento uno se arrepiente, pero ya es demasiado tarde para dar marcha atrás, y se va para el otro mundo amando la vida más que nunca, porque en ese preciso instante en que se te escapa el hálito final te das cuenta de que la vida, nuestra vida es lo más preciado y precioso que existe, no importa cuantas desgracias te sucedan, es tu vida, y por ella todos deberíamos luchar, aunque sea justo al final. Pero para él su lucha no fue suficiente, y no consiguió escapar, se nos fue para el país de Nuncajamás.

Por todo esto, y en estos momentos en que el mundo entero rumorea y especula con los demonios de nuestro querido actor, yo quiero romper una lanza para traer de vuelta tan sólo los buenos recuerdos y enseñanzas de todos sus trabajos y ensalzar su lado más humano, aquél que nos enseñó a un gran grupo de viajeros allá por el lejano año del ochenta y siete, en un set de rodaje en Bangkok, mientras se cocía una de sus mejores películas, Good Morning Vietnam.

Nada hacia presagiar ni nadie podría imaginar que aquel hombre de bellos ojos azules y tan vital tuviese tan siquiera la oportunidad de conocer a ningún demonio. Lo conocí de la manera más casual, o diría más bien causal, la simple regla de estar en el lugar apropiado en el momento apropiado.

En aquella época yo era una viajera mochilera que llevaba unos años perdida por remotas islas en los mares del sur, y en un lento regreso a la civilización europea, estaba recorriendo Asia antes de volver al viejo continente.
Después de unos meses en Nepal, rodeada de montañas y silencio, necesitaba volver al bullicio de una urbe como Bangkok, más aún después de tantos años sin ver lucecitas de colores, que fue lo primero que me impactó en la calle de Khao San Road, en aquella húmeda y pegajosa noche de mi llegada a Tailandia.

El lugar era un caleidoscopio hirviente de personajes de todo el mundo, muchas mochilas que entraban y salían de los innumerables hostales, pensiones y hotelitos que poblaban la calle de punta a punta, intercalado con bares, tiendas y puestos de comida.

Una amalgama de carteles escritos en inglés y thai colgaban de dinteles y postes, o apoyados sobre las fachadas de los locales, haciendo difícil encontrar ninguno en concreto, excepto uno que parecía llamar la atención de un grupo cada vez más grande de viajeros, muchos altos y rubios, con largas y pobladas melenas, confundidos entre una horda de chicas también de dorados cabellos, que parecían proceder del norte de Europa, muchas alemanas, inglesas, alguna italiana, australianas, y sobre todo americanas, y entre todos ellos un buen número de israelitas, hombres y mujeres, con los cuales ya habíamos coincidido en algún lugar de las montañas en Filipinas. No se veían, o al menos, yo no reconocí, ninguna cara española en aquella calle, ni viajando por aquél entonces por tan lejanas tierras.

Todos parecían estar extasiados ante aquél tablero escrito con letras azules donde pedían gente de rasgos caucasianos, a ser posible rubios y de piel clara, o afroamericanos, para trabajar de extras en una película que se iba a rodar en los alrededores del aeropuerto de Don Muang, en la capital, y en la isla de Puket. Pagarían cien dólares por día de rodaje. Como es de suponer, para los viajeros empedernidos, que siempre procurábamos viajar de la forma más barata posible, aquellos cien dólares suponían al menos una semana más de estancia en una de las paradisíacas islas al sur del país.

Ahora todos preguntarán, ¿pero si tú eres española y pedían hombres rubios como hiciste para ir al rodaje? Sencillamente estaba casada en aquel entonces con un británico, rubio y de ojos azules, y con muy buena complexión, así que obvia decir que fue escogido para el papel de militar, un auténtico GI, quién lo mismo que el resto de los participantes, tuvo que afeitarse barba y bigotes, y melenas para poder trabajar, y al que supuesto acompañé a diario, durante una semana completa. Fue de lo más cómico ver los ojos de terror que tenían todos mientras que caían rizos, bucles y mechones de sus cabezas en aquellas barberías tailandesas, pero el guión así lo exigía, y por el sueldo bien merecía la pena convertirse en militar por unos días.

No fue hasta que llegamos al set que supimos que la película se llamaría "Good morning Vietnam", más que nada porque estaba escrito en un montón de tablones que portaban los empleados, en su mayoría tailandeses que chapurreaban inglés, y americanos enormes, rubios, sudorosos y rojos, que se pasaban el día bebiendo coca cola y escondiéndose de los sofocantes rayos del sol.

No dejaban que tomasen fotos, especialmente a los que aparecían en algún papel y tenían más contacto con los actores profesionales, así que ese primer día nadie llevamos cámara, y apenas me dejaron pasar de la zona de seguridad, pero al segundo día, me subí al autobús que transportaba a todos al aeropuerto con mi marido, y por supuesto con mi cámara escondida, y esta vez sí entré al rodaje, y allí fue cuando le conocimos.

Parecía ser uno más de los extras, pero le reconocí por su papel de Popeye, que era la única película que había visto hacía muchos años en algún lugar de Inglaterra. Se mezclaba con todo el mundo, bromeando y sonriendo con todos, tanto es así, que hay escenas en la película que fueron totalmente espontáneas, como cuando aparece con Forest Whitaker, (sí, también le ví) sentado en el jeep y rodeado de soldados, eso sucedió así sin más, y lo grabaron y lo añadieron.

Y yo estaba allí para poder contarlo, y aunque a escondidas y temerosa, tomé las fotos, que han permanecido guardadas en un cajón todo este tiempo, hay más en los negativos, pero estas son las que tengo en papel. Conté esta anécdota muchas veces a amigos y conocidos, de hecho, cada vez que ponen la película en algún canal de televisión, hablo de mi experiencia de cuando estuve en el rodaje, que fue en Puket y Bangkok, y hasta conseguí figurar en algunas escenas de relleno, pero pocos han visto las fotos de aquellos días.

Así que aprovecho tan triste pérdida para rendir mi más sincero homenaje, recordando aquellos días cuando compartí el mismo cielo y pisé la misma tierra del que será para mi, y por siempre, el más fuerte y dulce de los marinos, el más maravilloso de los genios, el más feliz de los pingüinos en Happy feet, el niño eterno, el hombre bicentenario, el profesor sensible, el científico loco, el rey luna, y sobre todo, como primero le conocí, el mejor locutor de radio que haya existido nunca. Va por ti Robin Williams. Un millón de gracias por habernos regalado este tiempo.
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