Actualmente nos quejamos mucho, por activa y por pasiva, en charlas en casa o en el bar, por las redes sociales o por el filtro que encontremos, de que la Televisión que hoy se hace no solo es mala, sino que es basura. Así, sin más. Pocos programas se salvan, casi ninguno, de entrar en esa clasificación. Por supuesto que hay una barrera que separa lo objetivo de lo subjetivo, pero no hay una lista excesivamente larga de programas de calidad que oficialmente estén considerados como tal.

La telebasura, como se a llegado a llamar coloquial y técnicamnete, parece que está demasiado extendida. Pero hubo una época en que no fue así y aunque siempre se ha dicho que la televisión era más entretenimiento que otra cosa, en sus inicios y en años relativamente posteriores, se hizo una televisión que hoy vale la pena recordar. Y uno de sus artífices fue Narciso Ibáñez Serrador, más conocido como Chicho, un genio del medio nacido en Uruguay, en Montevideo, en 1935 en el seno de una familia de artistas: padre director teatral y madre actriz.

Su infancia la pasa en Latinoamérica y viene a vivir a España en 1947, donde comienza su carrera colaborando en la compañía de teatro de su madre, escribiendo numerosas obras con el pseudónimo de Luis Peñafiel, llegando a debutar como director de escena con El zoo de cristal, de Tenessee Williams.

En 1963 llega a Televisión Española, y llega a ella para hacer Historia. Adapta clásicos de la literatura para Estudio 3 y ante el éxito obtenido por los que contaban con temática de terror y fantástico, pone en marcha Mañana puede ser verdad, donde se centra en historias propias.

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Y un año más tarde llega el primero de sus míticos trabajos, Historias para no dormir, de la que se llegaron a grabar tres temporadas y ha logrado que se realizaran unas cuantas reposiciones, además de ser editadas en formatos domésticos. Él mismo presentaba cada episodio, como hacía el maestro Aldred Hitchcock con su Alfred Hitchcock presenta, dándole personalidad propia a su imagen de creador que ponía a la audiencia en sobreaviso respecto al capítulo que iba a ver a continuación.

Un Chicho con gafas, barba, una larga bufanda sin enrollar al cuello y un puro que siempre lo acompañaba.

Era hora entonces de cambiar de medio y comenzó a volcarse en el Cine. Corría el año 1969 cuando rodó "La Residencia", una obra maestra del género de terror producida por José Frade con un reparto internacional encabezado por la actriz alemana Lilly Palmer y por la española Cristina Galbó.

Una atmósfera sobrecogedora con una narrativa completamente inususual para la época la convertían en una película adelantada a su tiempo que, incluso vista hoy, provoca el desasosiego que Chicho pretendía. Los giros de guión que contenía ponían a esta maravilla a la altura de grandes obras reconocidas en la Historia del cine como Psicosis y su forma de sortear a la censura imperante entonces en España le llevó a convertir en metáforas secuencias de aparente tranquilidad en la rutina de las estudiantes recluidas en aquel enorme caserón.

Y es que podía llegar a mimetizar una sencilla clase de costura con todo un símbolo de la pérdida de la virginidad. Y sin dejar el terror a un lado, sin dejar de inquietar, como era su especialidad.

Chicho también sería conocido como director por otra descomunal película en la que el terror se transmitía casi en cada fotograma: ¿Quién puede matar a un niño? Basada en la novela de Juan José Plans, contaba la odisea de un joven matrimonio que se ve acosado por un montón de niños, los únicos habitantes de una idílica isla a la que van a pasar su luna de miel. Una cinta que demostraba que contar con pocos medios no es razón para no lograr aterrorizar al espectador. Echadle un vistazo si tenéis la oportunidad. Y si sois muy valientes.

De vuelta a la pequeña pantalla, y tras habernos regalado en la ya citada serie de sus Historias para no dormir el episodio mítico de El televisor, nos ofrece entonces el que es, con permiso de El tiempo es oro, que fue presentado por Constantino Romero, El precio justo, que presentó Joaquín Prat, y de Saber y ganar, aún en manos de Jordi Hurtado, un concurso que pone en seria duda el hecho de que a la televisión se le pueda llamar "la caja tonta", ya que su Un, dos, tres, responda otra vez, presentado primero por Kiko Legard y posteriormente por Mayra Gómez Kemp, se convirtió en un fenómeno social que poca comparación ha tenido en la repercusión mediática y sociológica de este país. Compuesto por una primera parte en la que tres parejas se jugaban su paso a la eliminatoria a base de preguntas y respuestas, la que conseguía seguir jugando podía optar a premios como coches o apartamentos en lugares de playa si elegía los objetos correctos que los distintos humoristas y actores iban dejando en la mesa de los concursantes a medida que pasaban por el plató amenizando el programa. Los cambios introducidos por Chicho en las distintas temporadas del concurso no hicieron sino mejorarlo y elevar a la categoría de insuperable un concurso que ya forma parte de nuestras vidas.

Un, dos tres, a leer esta vez, fue un intento de TVE de recuperar el enorme éxito y la leyenda que el concurso original había conseguido, pero los tiempos cambian y el formato ya no funcionó. También se intentó relanzar, por parte de Tele 5, el proyecto de Historias para no dormir, titulado esta vez Películas para no dormir, en las que cinco directores diferentes expertos en el género, incluyéndolo a él, nos contarían en una hora, como antaño, alguna narración inquietante. Lo lograron por encima de los demás Jaume Balagueró con Para entrar a vivir y sobre todo Álex de la Iglesia, con La habitación del niño, otro prodigio de inquietud con momentos que ponían al espectador en auténtica tensión. Pero la nueva idea no tuvo apenas repercusión, aunque sí ha cosechado prestigio entre los aficionados al género.

En el año 2010 el Ministerio de Cultura le otorga el Premio Nacional de Televisión en reconocimiento a toda su carrera. Lo merecía. Lo merece. Es uno de los más grandes y nos gustaría que volviera porque le echamos de menos.

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