Alabar el amplio surtido de fuentes de información que nos brinda la "abstracta" globalización resulta un ejercicio ocioso, cuanto menos, por evidente y conocido. Aunque el lector, oyente o receptor de información discrimine entre un origen u otro por adaptarse la línea editorial del medio a sus gustos o ideología. De ahí las luchas por la "verdad" entre emisoras de radio, televisión y diarios de información generalista.

Desgraciadamente, en esta era de la información al instante, las redes sociales , radio y prensa por internet, la supervivencia de los grupos editoriales depende de los ingresos por publicidad. Y esta es un pastel demasiado pequeño para tantas bocas hambrientas.

En la oferta kioskera nos encontramos con los medios afines al poder, los afines a una ideología concreta o los que dependen de un capital privado y a él se acomoda su información. Todo depende de cual sea su fuente de ingresos. Y menos fiable es, en determinadas informaciones, cuanto mayor sea la ambición del consejo de administración.

Así nos encontramos con unas cadenas de televisión sin criterio informativo. Meras correas de transmisión de las agencias de noticias. Cuyo papel es relatar en una hora las cosas que van ocurriendo sin entrar en profundidad del trasfondo de cada noticia. Se echa de menos los contrapuntos objetivos que determinadas cadenas ofrecían, años ha, en los telediarios de la noche. Quizá ya seamos muy duchos en política el común de los espectadores y por eso consideren que no hay que alentar el espíritu crítico desde las actuales cadenas mayoritarias.

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Quizás sea esa la razón de la distribución de los canales de TDT; que ahora están en boca de todos por razones legales apoyadas por el gobierno. Pues también un gobierno, el anterior, los adjudicó sin concurso a grupos mediáticos que ya eran poseedores de una gran parte de los existentes por aquel entonces. Lo cual no hace bueno, desde el punto de vista del que suscribe, ni a uno ni a otro. Más bien todo lo contrario, pues se ha convertido en pago en especies por la tolerancia con las acciones controvertidas de un ejecutivo al que, de ese modo, la opinión pública le es menos zahiriente.

No en vano son tres cadenas de televisión las que copan la cuota de pantalla, alcanzando todas juntas, según lo que alcanzo a interpretar de algunas gráficas, más de la mitad de la gente que ve televisión a las horas de emisión de los telediarios.

Así pues y teniendo en cuenta que estos grupos poseen también cadenas de radio que dependen de concesiones del ministerio, y que los consejos de administración son máquinas de exigir beneficios, se entiende que la laxitud en la información, por calificarla benévolamente, sea la tónica general en lo que se transmite a la mayoría de los españoles.

En cuanto a los medios privados, de calado social inferior a los anteriormente referidos, Dios me libre de criticar lo que hagan con sus haciendas, pues privadas son. Pero con el matiz de que han de ser coherentes con los principios esgrimidos por los periodistas cuando se sienten menoscabados. A la prensa privada se le supone un grado superior de crítica que a la pública. Por mucho que estas últimas presuman de tal cualidad, increíble per se.

Pero nos encontramos con opiniones claramente inclinadas a una ideología u otra, a un ejecutivo u otro dependiendo del cariz de la noticia a tratar. De ese modo, el rescate de los bancos es justo o injusto dependiendo de la publicidad que contrate el medio. Así como los desahucios son legales sin matices por la misma razón, o las responsabilidades a depurar en una catástrofe son mayores o menores si la empresa involucrada tiene una campaña contratada con el medio.

Así pues, expuesto este subjetivo punto de vista, muy rebatible por los expertos en comunicaciones y "mass media" sólo pretendo hacer pública de mi percepción de un "statu quo" muy lucrativo para las castas influyentes.Statu Quo de los ámbitos económicos, políticos e informativos , cuyos intereses difieren mucho de los integrantes de la sociedad; pero que, tal como está conformada la misma, nos hacen dependientes de ellos desde el primer momento de vida. Y retroalimentándose política, dinero e información darán al traste con los más básicos deseos del vulgo de vivir y ser moderadamente felices.