Nuestras emociones las generamos nosotros mismos con nuestros pensamientos. Si logramos controlar y manejar nuestros pensamientos internos, podremos dominar nuestro estrés, nuestros miedos y por ende, nuestra ansiedad.

Gran parte del sufrimiento humano, es totalmente innecesario. Procede de las falsas conclusiones que nos hacemos sobre los acontecimientos cotidianos. Estas interpretaciones erróneas son las que nos crean la ansiedad, la tristeza o el estrés.

Un mismo acontecimiento, puede despertar todo tipo de emociones en las personas. En cada caso en particular, la emoción generada depende de la interpretación que cada uno haga sobre el hecho.

Las interpretaciones que hacemos son la consecuencia directa de nuestros pensamientos internos.

Por ejemplo, imagina una parada de autobús llena de gente. En un momento dado, una mujer se levanta, pega un bofetón al hombre que tiene al lado y se marcha. Este mismo acontecimiento genera emociones diferentes a cada una de las personas que lo observan. Una señora se pone triste, un joven se enfada e indigna, un hombre se siente culpable, una joven se alegra...

Si repasamos los pensamientos internos que ha tenido la señora que entristece, entenderemos el por qué de su emoción. La señora se pone triste porque piensa: “Seguro que le ha engañado” “Todos los hombres son unos mentirosos” “No voy a encontrar nunca al amor de mi vida” “Voy a quedarme sola con mis gatos” "Mi vida es una mierda"

Como se puede observar, ésa última conclusión a la que llega, totalmente distorsionada, es la que genera su emoción.

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En estados de emoción intensa, es dificil, determinar lo que nos provoca el conflicto. Si tienes mucho estrés o ansiedad en ese momento, puedes probar esto para reducirla o frenarla. Es muy efectivo:

Relájate, respira profundo, y exhala el aire. No tengas miedo, las emociones son sensaciones.

Son totalmente pasajeras. En breve vas a sentirte mucho mejor. Pero tienes que calmarte.

Para frenar el ataque, deberás cortar los pensamientos que estás teniendo en ese momento. Ya pensarás en solucionarlos en otro momento. Ahora expulsa la carga que tienes de tu cuerpo. Cada vez que expulses el aire, trata de descargar por ahí toda tu emoción. Deja que se vaya.

Procura no pensar en nada o en algo que no tenga nada que ver. Ocupa tu mente con otro asunto.

Oblígate por todos los medios, porque tu cabeza no te lo va a poner nada fácil.

Grítate a ti mismo: ¡basta ya! Mis emociones las controlo yo.

Si te cuesta desconectar. Pégate un pellizco mientras te repites estas frases o arráncate algún pelo.

Se trata de parar el pensamiento, no de arrancarte un cacho de piel... El dolor real, anulará el pensamiento irracional.

Entretén a tu mente. Lee un libro que te emocione, una canción positiva que te guste, no te pongas a Pablo Alborán, claro, ve una peli que te divierta, contempla el cielo, a los niños jugar, a tu mascota, baila, canta, trabaja, escribe, crea, corre... Haz algo, no te quedes ensimismado pensando.

Cuando el pensamiento dañino quiera volver a atacar, párate, díte basta ya, y continua con la alternativa. Concéntrate en no dejar entrar al pensamiento irracional y distorsionado.

Lo que sea que te ayude a dejar de pensar en lo que te genera esa sensación y emoción.

Una vez haya pasado el ataque, piensa qué cadena de pensamientos tuviste antes de y durante la emoción intensa. Razónalos con objetividad, y piensa si son sensatos o están distorsionados, de tal manera que no vuelvan a hacernos daño o a causarnos malestar.