A modo de continuación del artículo anterior, Hablar sobre la muerte I, decíamos que según Freud, no hay registro inconsciente de la muerte, es decir la concepción de la muerte es impensable.

Pero la muerte de un ser querido también lo es, por eso la primera reacción es la negación, “no puede ser”, “no lo puedo creer”. Se hace así necesario realizar una serie de rituales que según la cultura y religión tendrán diferentes características.

El trabajo del duelo consiste en la progresiva transformación de esta persona ausente en una representación (recuerdo, relato, escritura).

Frente a esa ausencia real la reacción humana es el dolor y ritualizar el dolor es una forma de poder organizarlo, conforme a las reglas y los códigos sociales, en lo psíquico, desde donde puede a través de la repetición, de la tristeza, del llanto, apelar a lo simbólico, desde el puro silencio, la nada, comenzar a rescatar algo, a hacer de esa muerte real algo nombrable, narrable, rescatar recuerdos, momentos. Así como en lo social, que cómo decíamos, a través de diferentes costumbres de las diferentes culturas se ritualiza el dolor, se homenajea al muerto, se lo despide…

“Los ritos introducen la simbolización de ese agujero real que constituye la muerte; los tabúes prohíben lo imposible de simbolizar, esta falla insoportable en el saber” dice Liliana Cazenave, psicoanalista, en un artículo que se titula:El duelo en la época del empuje a la felicidad”.

Y agrega: “La función del duelo, nos enseña Lacan, es la de subjetivar la pérdida inscribiendo un trazo nuevo, que recubra ese agujero en lo real producido por la pérdida. De allí la importancia de los ritos funerarios que intentan nombrar algo, trabajo necesario para que lo que murió en lo real, muera en lo simbólico”.

Luego ocupará su lugar simbólico algún elemento donde se lo puede ubicar, que quede representado, donde algo de esa persona pueda quedar de alguna manera presente (mausoleo, lápida, monumento, escritura).

La imposibilidad de elaborar el duelo, de transitar la pérdida, de regular la angustia, trae consecuencias visibles en la clínica, donde pueden presentarse síntomas a nivel psicosomático, pasajes al acto, adicciones, depresiones, y en algunos casos alucinaciones.

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