Las personas que sufren esta enfermedad se ven limitados en muchos aspectos de su vida cotidiana, especialmente en el ámbito alimenticio, donde deben ser cuidadosos para poder controlar sus niveles de azúcar. Sin embargo, pese a las malas referencias que recibe el alcohol y sus efectos en los afectados, se ha descubierto que una copa de vino al día ayuda en varios aspectos: a mejorar la salud cardiaca, a dormir mejor, y, sobre todo, a regular los niveles de glucosa en personas que padecen dicha enfermedad.

La investigación de este fenómeno ha sido publicada este lunes 12 de octubre en la revista Annals of Internal Medicine.

Al parecer, el estudio demuestra que tanto el vino blanco como el tinto bebidos en pequeña cantidad beneficia la salud de quienes metabolizan el alcohol de una forma más lenta de lo habitual. También es cierto que otros estudios anteriores se recomendó un vaso de vino al día para ayudar al corazón, pero siempre se ha insistido en el consumo moderado, y mucho más en el caso de personas con diabetes tal y como recuerda la autora de esta última publicación e investigadora en la Universidad de la Universidad de Ben-Gurion de Negev (Israel) , Iris Shai.

Para llegar a estos resultados, se experimentó con 224 sujetos de entre 40 y 75 años que sufrían de diabetes de tipo 2 que separaron en tres grupos: los que pasarían dos años bebiendo un vaso de  vino blanco cada noche, los que lo harían con vino tinto y los que sólo consumirían un vaso de agua.

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Así se comprobó que quienes bebieron vino blanco mejoraron de forma notable sus niveles de triglicéridos en comparación a los otros dos grupos. Por otro lado, en lo que respecta a personas que no tienen la enfermedad, se ha reafirmado la idea de que si su consumo es moderado, su salud puede llegar a ser mejor que quienes no consumen nada de alcohol.

Se trata del estudio más reciente en esta materia en el que han participado países como Israel, Suecia, EE.UU o Alemania. Todos los que participaron en el experimento eran abstemios antes de someterse a esta prueba. Además, todos mantuvieron una dieta saludable para garantizar que fuese el consumo de vino tinto, blanco o de agua mineral lo que marcase la diferencia en su alimentación. La herencia genética jugó también un papel fundamental, ya que quienes metabolizaban el alcohol más lentamente fueron quienes notaron la progresión en su consumo de alcohol.