Del mismo modo que existen personas que sienten continuamente la necesidad desenfrenada de comer (ya sea por puro placer, por el estrés causado por traumas, necesidades insatisfechas o no verse capaces de enfrentarse a sus problemas), también se dan aquellas que, sin tratarse de alcohólicos en el más estricto sentido de la palabra, sienten que deben beber más de la cuenta.

Muchos estudios constatan los beneficios de tomar una cerveza o una copa de vino al día, dadas las propiedades antioxidantes y digestivas que poseen estas suculentas bebidas de baja concentración alcohólica. El problema es cuando hablamos del destilado y de sus consecuencias para la salud de quienes lo ingieren en cantidades nada recomendables.

Mucho se ha investigado sobre las posibles adicciones causadas por los genes, factores sociales y psicológicos o las hormonas que hacen a algunas personas sentir mayor placer o necesidad de tomarlo.

Según los expertos de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, la hormona ghrelina (una de las principales reguladoras del apetito) también juega un papel determinante a la hora de despertar el deseo del alcohol.

Por otro lado, ha sido demostrado que los cerebros de las personas que lo toman de forma más asidua, tiende a ser más receptivo y a desarrollar una mayor sensibilidad a los neurotransmisores que envían la sensación de placer al percibir ciertas sustancias, sobre todo las más adictivas, como ésta o la nicotina.

Otra de las principales causas, es la liberación de endorfinas, las hormonas que son producidas por la glándula pituitaria y el hipotálamo durante el ejercicio físico, la excitación, el dolor, el consumo de alimentos picantes o al comer chocolate, también se produce durante el enamoramiento y el orgasmo.

El alcohol, al igual que otras drogas, también es capaz de desatar la liberación de estas últimas. El número de alcohólicos barones es mucho mayor, dado que estos procesos parecen ser mucho menos habituales en los cerebros de las mujeres.