El Parlamento Europeo rechazó hace más de un año una propuesta para regular los cigarrillos electrónicos como dispositivos medicinales. Tal decisión resultó, por una parte, relevante (y positiva) para compañías como GlaxoSmithKline y Pfizer, fabricantes de parches y chicles de nicotina, estos sí regulados como medicamentos.

No obstante, tenido por una victoria importante en la batalla contra el hábito de fumar y enfermedades asociadas, hay quien opina que el uso de cigarrillos electrónicos podría reducir las muertes por tabaquismo en un 90% (lo ha expresado así el doctor Joel Nitzkin, miembro senior de un "think tank" de Washington).

No obstante, las pruebas verdaderamente científicas a favor (y en contra) de este producto como coadyuvante en la terapia anti-tabaco escasean, pero lo que es más descorazonador, desde la perspectiva científica, es que se llegue a conclusiones tan radicalmente opuestas por parte de los sectores que abogan por el sí y por el no a estos dispositivos, después de haber sometido a los productos a tests supuestamente similares, y asumiendo que todo se ha hecho bien y sin presentar conflictos de interés a varias bandas (tabacaleras, farmacéuticas, fabricantes de e-cig, etc.).

Pueden surgir problemas cuando los usuarios, poco o nada informados sobre sus riesgos o beneficios, son inducidos por esta oferta, y no se trate sólo fumadores adultos de cigarrillos convencionales (y esto ocurre con una frecuencia elevada), sino de personas no iniciadas en hábitos relacionados con el tabaco, incluidos los menores.

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Algunos de los efectos derivados o indirectos de los cigarrillos electrónicos incluyen, pues, la inducción al consumo de tabaco en personas no fumadoras; es decir, la iniciación en el consumo de nicotina y otras substancias tóxicas en personas que antes no fumaban en ninguna de las modalidades; a esto se le puede considerar una "re-glamourización" del hábito de fumar ("re-glamorize smoking").

El propio Nitzkin ha reconocido lo difícil que resulta conseguir pruebas de la bondad del e-cig como producto terapéutico a medio o largo plazo. Esto es debido a la dificultad inherente a los estudios de series temporales largas, y a su coste de decenas de millones de dólares. Pero ante todo, es condicionante aún mayor el riesgo vinculado a los propios experimentos y exposiciones a que se somete a los sujetos.

Un problema añadido es que estos experimentos tampoco vendrían a garantizar las buenas prácticas de una mayoría de manufactureros de e-cig, en cuanto al uso de ingredientes no dañinos, al diseño y operación de las plantas industriales, y a unos procedimientos de fabricación "limpios".

Hasta ahora, sin embargo, un enorme número de fabricantes sencillamente no cumplen con ninguna normativa. Así piensa el propio Dr. Joel Nitzkin, quien por otra parte cree que los efectos de la prohibición serían "devastadores" para la salud pública. #Investigación científica