Más de cincuenta años después de la prohibición de su venta en España, la talidomida sigue siendo noticia. Bastaron simplemente seis años para que este fármaco, producido por el laboratorio alemán Grünenthal, dejara un siniestro rastro de víctimas (se calcula que pudo afectar a más de 3000 personas en España) con graves malformaciones que afectaban a la longitud de sus extremidades.

Si bien en octubre del pasado año la Audiencia de Madrid declaraba prescrito el caso de la talidomida y anulaba el pago de las indemnizaciones a los afectados de este medicamento, la lucha de la Asociación de Víctimas de la Talidomida en España (AVITE) ha dado sus frutos y esta semana hemos conocido que la Fiscalía del Estado apoyará a las víctimas en sus nuevos recursos contra la farmacéutica alemana.

Gracias a la bendita testarudez de la doctora Frances Oldham Kelsey, que no permitió la aprobación de este fármaco en Estados Unidos, los efectos devastadores de la talidomida se limitaron mayoritariamente al continente europeo. Aquí, una serie de negligencias y la mala suerte hicieron que su uso se cobrara un amplio número de víctimas. Entre las negligencias, resulta difícil de explicar como las autoridades sanitarias españolas permitieron la venta, la prescripción y el uso de este medicamento en mujeres gestantes durante dos años después de conocerse sus efectos teratogénicos y de que se hubiera prohibido en otros países europeos.

Sin embargo, el caso de la talidomida está marcado por un cúmulo de eventos científicos desafortunados. Primero, las pruebas preclínicas en ratones de laboratorio no mostraron los efectos nocivos que luego se observaron en humanos y segundo, la química quiso que la talidomida fuera una mezcla de 2 isomeros, la R-talidomida, con las propiedades deseadas para evitar las náuseas de las embarazadas, y la S-talidomida, la que produce los efectos teratogénicos nocivos.

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El desconocimiento, a mediado del siglo XX, de que los distintos isómeros podrían tener efectos farmacológicos diferentes fue, sin duda, la principal causa de este desastre sanitario.

Aunque no existe ningún consuelo para las víctimas, y todos hubiéramos preferido que este desastre no se hubiera producido, es justo reconocer que el caso de la talidomida marca un antes y un después en la farmacología moderna. Sin duda, las lecciones aprendidas después de la talidomida han evitado la comercialización de muchos medicamentos con efectos secundarios indeseados y han aumentado la seguridad farmacológica mundial. Por lo tanto, una vez cumplida su macabra función, ahora sólo queda que los Tribunales y la burocracia hagan justicia con los afectados por este terrible síndrome.