Los resultados de los recientes referéndums celebrados en algunos países europeos están siendo utilizados por ciertos “intelectuales” y políticos para cargar contra la democracia directa y el propio procedimiento refrendario. Aseguran que la opción salida de estas actuales convocatorias, prueba, de forma contundente, que la población en general no debe participar en la vida política tomando decisiones de un calado tan trascendental como la permanencia de un país dado en la Unión Europea. Estas decisiones, dicen, competen a los políticos profesionales, que sí comprenden las fatales consecuencias del “si” o el “no”.

El descredito de la democracia representativa ocasionado por la crisis política que vivimos, fruto de la incapacidad de los políticos para dar solución a la crisis económica, ha hecho que otros modelos de democracia más directa y participativa, tomen fuerza en la opinión pública. Movimientos como el del 15-M han ayudado a la difusión de estos nuevos modelos y alimentado un deseo de mayor participación en muchos sectores de la población, especialmente entre los jóvenes. Esto ha sido interpretado como una amenaza por los políticos profesionales, que temen perder sus cuotas de poder, así como su medio de vida. Por ello se ataca a los referéndums, pues estas nuevas formas de participación democrática, contemplan la posibilidad de convocatorias habituales de la ciudadanía a votar en referéndums para guiar la acción del gobierno en ciertos temas de gran trascendencia.

La crítica al Referéndum no es nada nueva. Importantes teóricos de la democracia ya la han realizado argumentando desde diferentes puntos de vista. Lo que resulta chocante en estas críticas modernas es su falta de profundidad y circularidad, algo que deja desconcertado a cualquiera que se dedique a observar la vida política desde una perspectiva analítica.

Choca en primer lugar que se asegure que la población no está capacitada para tomar decisiones tan trascendentes como las que se deciden en los referéndums, pero si lo esté, según estos pseudo críticos, para elegir a unos representantes que tomen esas mismas decisiones. Aclarémonos: la gente no puede decidir una cosa, tampoco la otra.

Por otra parte, resulta extremadamente inquietante que sólo se pongan ejemplos de decisiones equivocadas tomadas por estos procedimientos y nunca de las que han resultado acertadas, que las hay en la actualidad, no hace falta remontarse a la Atenas clásica. Sospechoso resulta que se ponga como ejemplo el referéndum sobre el llamado “Brexit” que ha conducido a la salida de Reino Unido de la Unión Europea. No se habla, sin embargo, del referéndum, mediante el cual, los suizos, decidieron en aumentar su fuerza aérea. Por otra parte, ¿desde dónde se concluye qué es y no es acertado para un país? Que se sepa, nadie puede predecir el futuro.

Tampoco se nos habla sobre la baja calidad informativa que los ciudadanos en conjunto tenemos a nuestro alcance.

Si se quiere analizar si los referéndums son eficaces o no, tal vez deberíamos proporcionar a la población una información fiable sobre los asuntos políticos que vayan más allá de la mera propaganda apologética a las que ya nos tiene acostumbrados los media. Si queremos ver si la gente es válida políticamente proporcionémosle la misma información que tienen los políticos profesionales. Tal vez nos sorprenderíamos.

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