La crisis institucional en la que hoy vivimos ha puesto en la picota a los partidos políticos, que viven hoy día, un descredito nada desdeñable. A nadie sorprenderá que diga, que hoy por hoy, los partidos políticos no cuentan con las simpatías de los ciudadanos, más bien, parecen ser los enemigos de las ansias democráticas de estos. Como ejemplo, se puede poner aquél movimiento ciudadano que tomó las calles y plazas en 2011, en algunas de sus musicales arengas coreaba aquello de “entre rosas y gaviotas nos toman por idiotas”. El 15-M expresó con gran brillantez retórica el sentir de muchos: los partidos políticos son un lastre que habría que suprimir en favor de una democracia más abierta, formada por ciudadanos, no por idiotas.

El descredito de los partidos es algo que ellos mismos se han buscado. Qué la gente no confíe en ellos debería hacerles reflexionar sobre las causas de este descontento. Ciertamente, los partidos pueden esgrimir en su defensa el argumento de su necesidad para el correcto funcionamiento de la democracia actual. Es cierto. Si pensamos en el enorme tamaño de nuestras sociedades, resulta evidente, que por el momento, no Podemos renunciar a la representación política.

La democracia directa es algo muy deseable, pero muy complicado hoy día, primero porque somos muchos los ciudadanos que podríamos reunirnos en asamblea y no hay espacio físico suficientemente grande como para acoger a los ciudadanos de las más grandes ciudades del país, los espacios virtuales, por otra parte, prometen mucho pero tienen ciertos problemas que deberán resolverse si quieren inundarnos con rayos de esperanza.

Segundo, porque la democracia directa exige mucho tiempo para informarse sobre lo que se está deliberando, tiempo del que hoy no disponemos.

Estas dificultades de la democracia directa no facultan a los partidos políticos para hacer lo que les dé la gana, como hasta ahora han estado haciendo. La Constitución dice en su artículo 6 que los partidos deben ser un instrumento fundamental para la participación política de los ciudadanos, que es un derecho básico que esta misma Carta Magna reconoce.

Esta ha sido la función tradicional de los partidos: servir de plataforma de participación política de la ciudadanía, la Constitución no dice nada aquí alejado de la teoría política.

Lo que ha pasado en la modernidad y es lo que se ha percibido recientemente en la opinión pública es que los partidos se han privatizado como si de un hospital público se tratase.

Los partidos deben servir al interés general, o eso pone en la Constitución, pero si vemos lo que pasa actualmente, y de ejemplo podemos ver la llamada crisis del partido socialista obrero español, es que los partidos están sirviendo al interés particular de ciertos grupos de poder. No debemos culparles demasiado, mantener un partido es caro, los lobbis tienen dinero, ya se sabe, banco y en botella…

Actualmente existe una corriente de pensamiento político popular que aboga por la eliminación de los partidos para lograr una democracia más directa, pero como se ha visto, hoy por hoy, esto es imposible. La pregunta por tanto no es la de si necesitamos o no a los partidos, sino la de qué tipo de partido necesitamos y ese, entre otros, es el debate que podemos ver en directo en las discusiones internas de Podemos entre Errejonistas y Pablistas.

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