El día 6 de diciembre es el día que los españoles dedicamos a celebrar que somos un país dotado con una Constitución que garantiza nuestros derechos y libertades en una democracia parlamentaria. Es un día pensado para celebrar las virtudes de nuestra Carta Magna, sin embargo, desde hace algunos años se viene produciendo un curioso fenómeno: a la vez que celebramos nuestra Constitución, reclamamos su reforma.

Pedir una reforma constitucional es un ejercicio muy democrático, muestra de una sociedad madura desde el punto de vista político, capaz de cuestionarse a sí misma las normas que en su día se dieron.

Una Constitución democrática puede ser reformada por el pueblo, pues es el pueblo quien la hace y el pueblo puede cambiarla. Sin embargo, este tipo de reformas son complejas. Las constituciones no son textos sagrados, pueden reformarse y cuestionarse, sin embargo, en un Estado constitucional como el nuestro, el documento de la Carta Magna es la clave de bóveda de todo el edificio del Estado. Por ello hay que actuar con extrema prudencia cuando se piden reformas del texto: el Estado, tal y como lo conocemos, está en juego.

Cuando pedimos la reforma de la ley fundamental, pedimos algo muy serio, pedimos cambiar nuestro Estado y esto es de vital trascendencia. El Estado garantiza la paz y la seguridad de la comunidad política, permitiendo el ejercicio de las libertades y toda una serie de derechos, así como la asignación de obligaciones y deberes.

Por ello, debemos tener presente en mente qué es lo que queremos cambiar y hacia dónde queremos ir con esa reforma constitucional. Debemos preguntarnos, como sociedad, qué es lo que queremos incluir en nuestra Constitución y qué queremos sacar de ella. Este ejercicio es uno conjunto de toda la sociedad y por ello debemos actuar en comunión.

Un buen modo de proceder, si realmente queremos hacer este ejercicio, podría consistir en votar democráticamente, artículo por artículo, nuestra actual Carta Magna. Los artículos que obtengan aceptación deberían dejarse tal cual están, los que obtengan un “no” en este sufragio, son los que nuestros representantes deben debatir y cambiar.

Este proceso de sufragio parece muy sencillo, pero es muy complicado, debemos ser conscientes de lo que hacemos y votamos, pues nuestro voto, en ese sufragio, será un acto de fundación de un Estado que debe garantizar la paz y la libertad de todos nosotros. Se requiere un profundo debate para conocer los pros y los contras de los diferentes artículos que se votan, debate en que políticos y medios de comunicación tienen un importante rol que jugar. Son ellos a los que toca explicar los artículos a la población en general y es la población, la que debe reflexionar.

Este ejercicio es muy complicado en España por una razón muy sencilla: en España, la educación política, brilla por su ausencia ¿de verdad podemos hablar de reformar la Constitución sin antes saber cuál es la diferencia entre Estado y nación?

Me inclino a pensar que la mayoría de nosotros no tenemos esto muy claro. Si queremos reformar la Constitución, antes deberíamos educarnos políticamente como sociedad.

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