Que actualmente vivimos tiempos de desafección ciudadana frente a la política es una afirmación que a nadie sorprende. No resulta difícil comprobar que a los ciudadanos la política les interesa cada vez menos. En ella solo ven juegos de poder y ambiciones personales cimentadas sobre gigantescas mentiras. Razón no les falta, la verdad, sea dicha: nuestros representantes políticos mienten de forma descarada. Todos mienten, sean del partido que sean, mienten y engañan a los ciudadanos, especialmente en campaña, y esto no es porque sean unos enfermos mentales con una malsana obsesión por la mentira, simplemente es que no se han enterado de qué es la democracia.

Ahora que, nosotros los ciudadanos tampoco parece que lo tengamos muy claro.

El término “democracia”, es bien sabido, viene del griego y significa algo así como “gobierno del pueblo”. El problema con esta definición viene cuando preguntamos cómo debe gobernar el pueblo. El pueblo democrático se gobierna a sí mismo y en este país, creemos, ciudadanos y políticos, que esto se hace haciendo todo lo que la mayoría dice que hay que hacer y eso, no es democracia, eso es otra cosa. En el campo de la teoría lo llamamos “despotismo democrático”.

El partido socialista español puede ayudarnos a entender de qué estamos hablando. Si recordamos su campaña electoral hace un tiempo, a la mente nos vendrá esa famosa frase tan pegadiza “un futuro para la mayoría” decían.

¡Qué demócratas! No son demócratas, son déspotas. El futuro no debería ser sólo para la mayoría como decía el lema de campaña, en democracia, el futuro, debe ser para todos. Eso es a lo que nos referimos cuando hablamos de despotismo democrático, este consiste en olvidarse de la minoría y darle todos los derechos y facilidades a una mayoría salida de las urnas.

Que las campañas electorales son un circo, es algo que resulta palpable, pero es que además de ser un circo, son, también, un lamentable espectáculo de redacción de cartas a los Reyes Magos. En campaña electoral nuestros políticos se pasan el día hablando de lo que van a hacer cuando lleguen al poder, pintan un futuro muy bonito donde a cambio de nuestro voto harán realidad nuestros deseos.

¡Qué tiemble Utopía que llega España! La realidad golpea duro después de la resaca electoral. Cuando llega el momento de gobernar los programas electorales, tan llenos de ilusiones, se deshacen frente a un mundo complejo donde no todos están de acuerdo con lo enunciado en ellos y esa gente disconforme, esa minoría, también tiene derechos democráticos. Al final, de lo que se trata no es de dar un futuro de oro a la mayoría, sino de dar un futuro a todos, no de oro, pero sí al menos, de bronce.

Nuestros políticos nos engañan cuando nos prometen tantas cosas: saben que nunca podrán realizar esos bonitos programas al cien por cien, pero tienen que vender ilusión. Al final la realidad rezuma: democracia no es el gobierno de la mayoría, sino del pueblo y el pueblo, somos todos.

Así que no les permitamos engañarnos, seamos conscientes de que los programas no son reales, que poco de lo que allí pone se va a conseguir, busquemos no una victoria sino un empate entre la mayoría y la minoría y entonces, solo entonces, seremos demócratas de verdad.

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