La pasada legislatura será sin duda recordada como una de las más duras de la joven democracia española. En ella se aprobaron medidas de un fuerte carácter neoconservador que provocaron una enorme respuesta ciudadana en las calles a través de manifestaciones multitudinarias, que, en más de una ocasión, fueron disueltas por los brazos armados del Estado. Estas medidas fueron aprobadas en un parlamento donde la mayoría absoluta del partido gobernante permitía a este, hacer y deshacer a voluntad, creyendo que lo que estaba haciendo era, ejercer el mando en nombre de la voluntad general de los españoles.

En este planteamiento hay, sin ninguna sombra de duda, una profunda ignorancia de lo que es la democracia y la voluntad general. Remontándonos en el tiempo, el autor que mejor explicó que era la voluntad general y la democracia, fue sin duda Juan Jacobo Rousseau. Según el importante teórico, la democracia es el gobierno del pueblo que expresa su voluntad en una llamada voluntad general. Cuando se comprende que es la voluntad general según la teoría, la practica parlamentaria española, queda, en muy mal lugar. La voluntad general no es la voluntad de la mayoría, sino la voluntad de todos los ciudadanos. El presupuesto del gobierno de que con su mayoría absoluta representaba la voluntad de todos los españoles resulta, por tanto, ridículo.

Gobernar en mayoría absoluta no es gobernar en democracia, porque no se aplica la voluntad general, sino la de una supuesta mayoría de ciudadanos, la minoría queda, entonces, silenciada y aplastada bajo el peso de los números. Esto no es democracia, es dictadura. El gobierno del pueblo requiere que se gobierne para todos y es aquí donde la oposición parlamentaría juega un papel clave, la oposición debe ayudar al gobierno a hacer las leyes, expresando el sentir de las minorías que votaron por otra ideología o sentir político.

El único modo de averiguar cuál es la voluntad general es el dialogo intersubjetivo entre personas con diferentes ideas de lo que debe ser el Estado. Rousseau apostaba por la democracia directa donde todos los ciudadanos reunidos en asamblea expresaran su opinión, llegando a acuerdos en común: deliberando para alcanzar un punto medio entre extremos.

El enorme tamaño de los modernos Estados impide, de momento, la democracia directa, por eso tenemos una democracia representativa, pero esto no afecta al principio de la deliberación. La oposición y el gobierno deberían hacer en el parlamento lo mismo que los ciudadanos en la asamblea descrita por Rousseau: deliberar, para juntos, poder alcanzar un punto medio entre los extremos. Por ello, la oposición es tan importante, es el interlocutor del gobierno.

Contrastado con esto, resulta evidente lo pobre que es el debate parlamentario en España, pues más que diálogo, lo que vemos a diario en el congreso de los diputados, más parece un circo donde tigres y leones luchan por ser los campeones, aplastando a su contrincante.

Eso, no es democracia, eso es, un esperpento digno de Valle –Inclán pero indigno de un Estado que dice ser democrático.

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