El feminismo es un movimiento antisistema. Antisistema porque cuestiona, porque critica, porque intenta acabar con esta sociedad patriarcal que se ha basado en la dominación y opresión histórica de los hombres sobre las mujeres en ámbitos tanto públicos como privados. A medida que el término “feminista” gana adeptas y pierde la falsa percepción de que es lo contrario de machismo, se han popularizado nuevos términos como “feminazismo”, o su cultismo “hembrismo” para desprestigiar la lucha feminista.

Cuando un colectivo oprimido emprende alguna acción que no se entiende desde los grupos privilegiados, estos grupos, en lugar de empatizar, intentan atacar a quienes se rebelan.

Ante el argumentario feminista que profundiza en las causas de la desigualdad y analiza sus orígenes, el machismo necesita contraatacar y para ello se sirve de desesperadas excusas para demostrar que los hombres no tienen privilegio alguno en la actualidad y que son las mujeres, con su feminismo radical, quienes suponen el mayor peligro.

Y sí, es cierto, muchas nos incluimos en ese feminismo radical que tanto critican. Este movimiento, que se desarrolló dentro de la tercera ola feminista entre los años 1967 y 1975 en EEUU, acuñó conceptos fundamentales para el análisis feminista como es el de patriarcado, género y casta sexual (Millet y Firestone, 1970) y señala al patriarcado como el culpable de la desigualdad de género por ser un sistema que tiene su legitimación en la universalidad de sus principios pero que, en realidad, es machista, racista, clasista e imperialista.

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Para entender la utilización de conceptos como “feminazi” debemos ir al origen del “término” que popularizó el ultraderechista Rush Limbaugh en Estados Unidos. Un locutor de radio que en la década de los 90 comenzó a utilizar y difundir la palabra “feminazi” (mezcla de la palabra feminismo y nazi) para referirse a las militantes feministas de manera peyorativa, entre otros motivos, por estar éstas a favor del aborto y él considerarlo un crimen. Así que sí, también soy “feminazi”, porque estoy a favor de decidir sobre mi cuerpo.

En cuanto al “hembrismo”, en sus orígenes fue utilizado dentro de algunos círculos académicos de la sociología y la psicología para referirse a patrones considerados como sumisión femenina extrema. Ahora se utiliza para designar una supuesta superioridad de la mujer sobre el hombre.

El problema con este concepto es que no tiene un marco teórico que lo sustente porque jamás se ha dado un sistema que respalde esta supuesta superioridad (como sí ha sido en el caso del machismo), como tampoco se han dado unos mecanismos que favorezcan las relaciones de poder de las mujeres sobre los hombres, ni las mujeres han tenido privilegios históricos sobre los hombres, a menos que por privilegio se considere la exclusión de las mujeres a participar en el ámbito público y el ser relegadas a las labores del mundo doméstico, reproducción y cuidado de los hijos, considerando su completa dependencia del hombre en todos los aspectos (Heather, 2007; Horrach, 2009).

El machismo necesita reinventarse. Necesita técnicas más políticamente correctas para atacar al movimiento, ya no se puede (o, al menos, no se debe como “entendidos” en el tema) criticar el feminismo, pero sí a ese “hembrismo” exacerbado que no busca la igualdad o a esas “feminazis” que se quejan por absolutamente todo. Porque los partidarios de este “nuevo machismo” siguen sin entender que el feminismo no busca la igualdad per se, sino que ésta es una consecuencia directa de la desaparición del patriarcado.

Así que cada vez que me llamen “antisistema”, “feminista radical”, “feminazi” y “hembrista”, sonreiré, porque en realidad, aunque lo digan sin conocimiento de causa, tendrán razón