Hace unas semanas, Juan Rosell, presidente de la CEOE (la Confederación Española de Organizaciones Empresariales), afirmaba: “entre no tener trabajo y tener uno que no te gusta, pues mejor tener trabajo”. Lo que Rosell venía a decir es que, si tienes un Empleo precario en el que te explotan y que, además, aborreces, confórmate con ello, porque tú, ser vil y miserable, al menos tienes trabajo.

Actualmente nos encontramos ante una clase trabajadora muy empobrecida. Personas que venden su fuerza de trabajo por una cantidad que les impide vivir dignamente, personas que firman contratos de “veinte” horas semanales que sobrepasan sin ningún tipo de compensación, personas que tienen que esperar tres meses para firmar un contrato, personas que trabajan más de ocho horas al día y que, sin embargo, no llegan al salario mínimo interprofesional.

Así es cómo se normaliza la precarización del trabajo.

Esta situación precaria afecta especialmente a los jóvenes. Según un informe de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) el 80% de las y los jóvenes menores de 25 años que trabajan en España tienen un contrato temporal, un porcentaje similar al que tienen Rumanía y Eslovaquia y superior al que registran Portugal o Grecia.

Ahora lo que triunfa en las empresas es la fórmula “becario/a”. Es decir, trabajar gratis a cambio de una falsa promesa de permanencia, o, incluso, pagar por trabajar a cambio de experiencia para el currículum. Hay, de hecho, muchos másteres que intentan seducir a sus estudiantes con la oferta de prácticas. Por no mencionar el negocio de las prácticas curriculares obligatorias en cada grado, que incluyen de cuatro a seis meses de trabajo totalmente gratis.

A mí, personalmente, me asusta la pasividad con la que nos hemos adaptado a esta situación. Como cuando una amiga nos cuenta que su jefe le llama para que compre una plancha y, no contento con ello, le dice que también tiene que regatear el precio. O cuando le llama fuera del horario laboral para pedirle que vaya a la tintorería a recoger su ropa al día siguiente.

O cuando le pide que busque personal pero que sea de buen ver. Muchos se encogerían de hombros y dirían: “es lo que hay, si tu no lo quieres fijo que hay mil detrás”.

No pretendo culpabilizar a quien acepta un trabajo porque no le queda más remedio, lo entiendo perfectamente. Culpabilizo a quien hace de ello un negocio, culpabilizo a quien trata a sus empleados como esclavos y esclavas y también culpabilizo al Gobierno, que, por su obsesión de bajar las cifras del paro no se preocupa por qué tipo de empleo crea ni en qué condiciones.

Por ello, para evitar ceder ante el miedo o el chantaje de aceptar unas condiciones laborales nefastas es imprescindible tomar conciencia, una conciencia de clase. Contrariamente a lo que cree Rosell y el PP, “cualquier fórmula” de explotación laboral no es mejor que el paro.

Basta ya de confundir juventud con precariedad. Exijamos lo que nos merecemos, llamemos a las cosas por su nombre, explotación no es trabajo.

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