El reciente fallecimiento de la antigua alcaldesa de la ciudad de Valencia, nos ha dejado a todos consternados. La inmensa mayoría de la población lamenta profundamente la muerte de Rita Barberá, víctima de un infarto, pero además de al duelo por la muerte de este ser humano, con el que se puede discrepar, me gustaría también sumarme al duelo por la muerte de la Política de verdad.

Si algo se está poniendo de manifiesto ya no solo en el día de hoy, sino en los tiempos modernos de velocidad y consumo es que la política, en el sentido clásico, ha fallecido. Hoy tenemos la prueba empírica de su asesinato, pero ya olía a cadáver desde mucho antes.

La política convertida en espectáculo es hoy lo que tenemos. Lejano queda el tiempo donde las diferencias de opinión sobre la administración de la cosa pública se decidían mediante la discusión pública que es la política. Hoy día la política viene enlatada y coaccionada por los medios de comunicación y la sociedad de consumo. ¡Qué desgracia para el ser humano!

Algunos sujetos, llevados por la moda de un posmodernismo mal entendido, sin duda se alegraran de este triste fallecimiento. No deberían. Lo que debemos lamentar de la muerte de la política es la pérdida progresiva de nuestra libertad para ser los verdaderos dueños de nuestras vidas. Nadie parece dispuesto a admitir que mediante la política ejercemos nuestras propias libertades y defendemos nuestras vidas y el derecho a vivirlas como queramos.

Seguramente sea más fácil delegar estas funciones en otra gente que ocuparse de ellas uno mismo, de esto viven los representantes políticos. Sin embargo, lo que hoy pasa es que no hay política, hay espectáculo político.

Podemos darnos cuenta de esto que digo leyendo a Annah Arendt, pero para aquellos que sean perezosos en suficiente grado como para no decidirse a adentrarse en la procelosa selva de “La Condición Humana” baste con mirar a lo que está pasando hoy, 23 de noviembre del año 2016.

Hoy ha muerto Rita Barberá, un ser humano. Sin embargo, hoy la noticia no es la muerte de esta persona sino las llamadas “repercusiones políticas” de esta muerte. El objetivo es el de crear polémica para vender titulares y ganar dinero con la publicidad. A la política que le den, el beneficio es lo que cuenta.

Así, con este modo de pensar, es como muere la libertad, nuevamente, nos convertimos en piezas de un engranaje. Lo más inquietante es lo de siempre, los engranajes no son libres.

En estas pasadas campañas estaba en boca de todos hablar sobre la moralización de la política, un buen deseo que pedir a los Reyes Magos, pero en el día de hoy, nuestra esperanza infantil en una política más humana se han evaporado, al comprobar, una vez más, que el beneficio es lo que cuenta. Si esto es lo que se entiende por moralizar la política, yo, me quiero bajar del mundo.

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