Anteayer, la senadora y exalcaldesa de Valencia, Rita Barberá falleció a causa de un infarto. Barberá, figura de referencia para el Partido Popular fue expulsada del partido y del grupo popular en el Senado tras verse salpicada por tramas de corrupción. El PP que hoy lamenta tanto la muerte de una de sus cofundadoras, la dió por enterrada mucho tiempo antes de su fallecimiento biológico. Hace unos días, sin ir más lejos, sus excompañeros de partido le dieron la espalda en la Cámara para evitar ser señalados y hoy la convierten en una mártir política.

Los líderes del PP anteayer aseguraban que Barberá era “inocente” y “honrada”, una “gran política y gran persona” y que, por desgracia, ahora no podrá tener un juicio que lo demuestre.

Según estos mismos dirigentes Barberá había sido “linchada” por los medios y “víctima de una cacería” sin precedentes. Es decir, ellos, que se sienten culpables de haberla abandonado, buscan culpabilizarnos a los demás. Pero no nos equivoquemos, la única responsable de su depresión y de su situación era la propia Barberá.

Por si no lo recordábamos, Barberá dirigió durante 24 años una alcaldía en la que cada uno de los miembros que la conformaban fueron imputados. Barberá despilfarraba dinero público que luego cargaba a las arcas del Estado, Barberá se pasó 54 días sin pisar el Senado en el que fue aforada (y, por lo tanto, no pudo ser juzgada por los cauces institucionales habituales) y se burló de los ciudadanos y ciudadanas que protestaban por las muertes en el metro de Valencia.

Se pide respeto ante su muerte, aunque ella no lo tuvo en vida.

Anteayer, el Congreso de los diputados decidió dedicarle un minuto de silencio. El grupo de Unidos Podemos se negó a homenajear a la exalcaldesa y abandonó el hemiciclo antes de que el acto comenzase. Esta decisión fue tan comentada como reprobada, aunque, si hacemos memoria, recordaremos como a Labordeta se le negó este minuto, a pesar de que él sí era diputado.Y si hacemos aún más memoria recordaremos cuando un diputado del PP saboteó un minuto de silencio dedicado a Lluís Companys mientras gritaba “Viva España”.

Interrumpir un homenaje es irrespetuoso, negarse a participar no lo es.

Mientras acusan a Unidos Podemos de politizar una muerte, el PP hace lo propio acusando a la prensa de su muerte. Mientras voces angustiadas se quejan de que Barberá murió sola en un hotel de 5 estrellas, a Rosa, la anciana de Reus que murió a causa de una vela prendida por no tener luz en su piso, no le rinden honores.

Si el Congreso guardase un minuto de silencio por cada muerte en accidente laboral, por cada suicidio tras un desahucio o por cada mujer maltratada a causa de la violencia machista, la clase política enmudecería para siempre.

Morirte no te hace menos mala, morirte no te hace ser más respetable o más digna de admirar. A Barberá nadie la pudo salvar de la muerte pero ahora se está intentando salvar por sus actos en vida.

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