A diferencia de la apatía generada por el discurso de Mariano Rajoy, el pasadomartes, la sesión de investidura del miércoles comenzó con una euforia desmedida. En lo que, al menos hasta las palabras de Albert Rivera, parecía ser un “todos contra Rajoy”, no faltaron agravios y acusaciones. Para Pedro Sánchez lo importante era destacar y dejar en claro, que no votarían al PP.

Pablo Iglesias apuntó directamente al actual presidente y funciones y atacó, mas que en otras oportunidades a Albert Rivera y su partido. Los llamó “hipoteca naranja” y los acusó de ser serviles al proyecto de turno. El tono prepotente de Iglesias mermó cuando intentó tender un puente con el PSOE para un nuevo Gobierno.

El de Iglesias ha sido, sin ninguna duda, el alegato menos cercano a un entendimiento y negociación. En su discurso ha apelado al populismo, la demagogia y la ironía cruda.

Luego ha sido el turno de Albert Rivera, quien enseguida se preocupó por apaciguar las aguas intentar retomar un tono dialéctico menos ofensivo.

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