Mañana va a ser un día especial; siempre lo es. Normalmente va asociado a terribles tragedias: El derrocamiento de Salvador Allende en 1973, presidente electo de Chile, por las tropas fascistas del que sería el futuro dictador del país, el comandante en jefe del Ejército de Chile Augusto Pinochet. En 2001, la caída de las Torres gemelas por aviones secuestrados por comandos de Al Qaeda. Fue un ataque al mayor imperio del mundo que aún estremece, y marcó un antes y un después en las relaciones de Estados Unidos con el mundo y sobre todo en su política antiterrorista.

Hay otra fecha que señala otra derrota, en concreto la del pueblo catalán.

El 11 de septiembre de 1714 cayó la ciudad de Barcelona ante las tropas borbónicas, aplastando la última resistencia contra Felipe V y coronándolo de facto. La Guerra de Sucesión tocó a su fin, y Cataluña acató la autoridad de un monarca francés habituado al centralismo y el poder absoluto.

Hace ya más de trescientos años, pero la llama del nacionalismo catalán sigue viva. El mismo sentimiento que levantó en armas a una tierra periférica y marginada perpetua su existencia en los cuerpos de los hijos de esa misma tierra, siglos después. Durante años, el catalanismo y la sociedad catalana en su conjunto a celebrado ese día, maldito, como figura de la resistencia y el sacrificio del pueblo catalán frente a lo que éste considera una injusticia.

Mañana será uno de esos días. Será el día de los catalanes, de todas y todos. Al menos, oficialmente. Desde hace cuatro años esta fecha es utilizada por el ala independentista de la política catalana, apartando y marginando gradualmente a aquellos que no comulgaban con la idea de la sempiterna "Nació catalana".

Y eso es un hecho indiscutible.

Igual que hay fechas veneradas en todas las ideologías de partidos, el independentismo catalán venera la Diada. Como los franquistas el 20-N y los republicanos el 14 de Abril, los nacionalistas han sacralizado el día. El problema es que ese día ya tenía simbología, ya tenía un significado.

Más allá de las motivaciones históricas nacionales, la diada es la fecha de un pueblo, de una sociedad: la catalana, en su más rotundo y absoluto conjunto. No es el día de la nación catalana, sino de los catalanes y su tierra, alejados del romanticismo épico y empalagoso.

Entre los catalanes que no participarán por su connotación separatista y los que participarán precisamente por ello, hay un tercer grupo: los soberanistas. No abogan por salir, no abogan por quedarse igual; van desde el pactismo hasta el confederalismo ibérico. Pobres, se encuentran todavía más desubicados que los unionistas, pues ambos bandos reclaman su presencia para combatir el enemigo ideológico. Este es el único sector que ha intentado hacer una Diada desnacionalizada,pero su débil fuerza hace que no tenga mucho impacto en lo que va a venir a ser la gran fiesta del independentismo.

Y ese es el día de mañana. Los catalanes vamos a vivir un día más de tensión, de traidores y salvapatrias, de nacionalistas e invasores coloniales. Es una historia que se repite, un conflicto irresoluble desde hace años. Tened cuidado, catalanas, catalanes, españoles y el mundo entero, porque alguna Diada explotará. Si me preguntais a mí, yo la pasaré escondido en un búnker, por si acaso uno de los dos bandos me quiere reclutar, increpar o simplemente apedrearme. El día doce se viene la segunda parte.

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