Hay un partido que, fruto de la crisis, el descontento y la erosión de los partidos tradicionales, ha conseguido llegar a primera línea de la política nacional. Más allá de la magnífica cobertura mediática que recibe y del conocido apoyo y simpatías con lobbies empresariales, la gesta de este hombre no es flaca: de 9 diputados en un parlamento autonómico a primero 40 y luego 32 en las de todo el Estado. Algo bueno tendrá que tener.

Ambigüedad. Si alguna capacidad para llegar a las masas tienen los naranjas, es la ambigüedad en casi todos los escenarios políticos posibles.

No son machistas y apoyan la igualdad pero luego restan gravedad a las penas por violencia machista. Están con la gente común pero a favor del rescate bancario para "salvar a España y sus Ciudadanos". Son los primeros en defender los derechos de los trabajadores pero nunca aparecieron por la mani, y además intentan colocar un contrato único que reduce la indemnizaciones por despidos y que, en vez de luchar contra los contratos precarios, los convierte en precariosa todos. Se indignan por el maltrato animal y van de animalistas pero luego su líder se hace fotos en la plaza de toros con conocidos empresarios.

La única cosa en la que parecen firmes es en reclamar la unidad de España a toda costa y en reintegrar a Venezuela en el Estado español, convirtiéndola en problema de Estado.

En el terreno político, no podían ser muy diferentes. Ni de izquierdas ni de derechas; de centro. Como los grandes estadistas del siglo XX: Suárez, J.F. Kennedy... Hombres sensatos, con carácter de hombres de estado, capaces de lograr lo imposible.

Esos son los modelos a seguir de Alberto Carlos Rivera, porque a él le van los retos. Cabalgar contradicciones es la esencia del centro político, así como del partido naranja. Lógico pues que si lo tenemos de ubicar en algún lado sea ahí.

Y entre contradicciones políticas, las dos investiduras fallidas en las que el líder naranja ha actuado de actor secundario, de escudero de hombres de estado más respaldados, más curtidos y más importantes.

Irónico para el Clinton español, para el adalid salvapatrias que debe verse relegado a una segunda posición. Pero que cruel es el destino: Nada más firmar acuerdos como socio menor, nada le sale al protagonista de este escrito. Dos ya confirmados fracasos políticos que quedarán en la historia de España para siempre tienen como protagonista adjunto a Albert, dejándolo políticamente mermado.Llegado para triunfar, la realidad parlamentaria le hizo caer de bruces, hecho añicos su sueño de abanderar otra Transición que nos diera 40 años más de lo mismo.

Pactando a izquierda y a derecha, con PSOE y PP, pugnando por cuadrar esas cuentas políticas antagónicas entre sí, el líder de Ciudadanos perdió la credibilidad.

Fallando el 100% de sus pactos, perdió impulso político para unas futuribles terceras elecciones.La ambigüedad, emmascarada aquí de neutralidad y centralismo, convirtió al partido de Rivera en "el partido veleta", en la visagra y en la muleta del bipartidismo español, que estaba a un suspiro de caer. El problema es que su aparición no ha acabado de hacer efecto: más bien ha cabreado a sus votantes por partida doble. Sólo queda esperar si su falta de principios le permitirá aupar a una coalición de los socialistas con los morados al poder, completando la ronda de pactos y amoldabilidad apolítica que su mimetismo le permite.

Cuidado, que el Señor Naranja puede caer del todo en la ironía política. Cuidado, que el gris es un color delicado en democracia.

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