“Un cúmulo de muertes innecesarias” así lo definía Preston, en su libro El Holocausto español (2014, Editorial Debate) el enorme sufrimiento de la población durante el conflicto. Hace claramente una salvedad, no fue la misma violencia la que se llevó a cabo en el bando republicano que en el fascista. Señala en el libro que mientras en el bando republicano, el orden legal procuró parar las atrocidades de movimientos extremistas contra los seguidores del levantamiento, bien es cierto que con poco éxito, en el bando sublevado las atrocidades y la política del terror fue un arma programada y planificada para generar el exterminio y el miedo en la población ocupada.

Hace una diferencia clara, la República siempre pretendió mantener el estado de derecho, mientras que el ejército golpista dispuso el terror como herramienta y objetivo. Las cifras que Preston maneja en su libro son 50.000 muertos civiles por represión en la zona Republicana, mientras que se estiman que 150.000 muertos civiles sería el producto del exterminio en la zona franquista. Identificando a los principales carniceros en la cúpula del ejercito sublevado, Queipo de Llano, Emilio Mola y Juan Yagüe. Paul Preston va más lejos, identificando que el “olvido” o “desmemoria histórica”, esencialmente ha sido porque no ha habido una “desnazificación”, como sí ocurrió en Alemania o Italia. “Aquí no perdieron la guerra"y evolucionaron desde la postguerra hasta la muerte del dictador.

Se llega a nuestros días con políticas erróneas de desmemoria, como fue el derrumbamiento de la antigua Plaza de Toros de Badajoz por los gobiernos socialistas, para levantar un flamante centro de convenciones, o las sucesivas reformas que han llevado a transformar la pared del cementerio, lugar de memoria donde cientos de personas fueron asesinadas.

Los posteriores gobiernos democráticos no parecen que han hecho la suficiente labor de reparación y reconocimiento, aún parece existir una auto-censura.

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