80 años después del comienzo de la Guerra Civil Española, que desembocaría en una feroz y represiva dictadura franquista, nuestro país sigue sumido en una profunda fractura social debido a las heridas que la contienda produjo y que siguen sin cerrarse. Alardeamos de tener una salud democrática de hierro, con tintes modernos y de progreso, pero detrás de esta fachada formidable, se esconden unos cimientos no demasiado sólidos.

Para que un país consiga forjar una identidad de libertad y tolerancia, es preciso que con anterioridad se reconozcan los errores cometidos en el pasado, se investiguen las injusticias realizadas sobre nuestros antecesores y, sobre todo, se pida perdón. En España, el punto negro que sigue enquistado en las vidas de miles de personas es, no tanto la Guerra Civil, sino su consecuencia: la dictadura de Franco, que se mantuvo vigente durante cerca de 40 años.

Y es que, aunque cueste creerlo, salvo excepciones, ningún organismo público (ni tan siquiera judicial) ha pretendido investigar y dictaminar las fechorías cometidas por el franquismo, catalogados como 'Crímenes contra la Humanidad'. Se estima que 114.266 personas siguen enterradas en fosas comunes o desperdigadas en las cunetas, cuyo emplazamiento es desconocido por sus familiares. Esto es gravísimo porque se les niega el derecho a una sepultura digna y el reconocimiento como víctimas de un régimen antagónico a la supuesta democracia que disfrutamos en la actualidad.

Pero el problema no reside únicamente en la falta de investigación judicial y gubernamental de los crímenes de la dictadura, sino que la dignidad de nuestros muertos es también vapuleada por un sector más mayoritario de lo deseable de nuestra clase política. Existen representantes de la vida pública, elegidos democráticamente por los españoles, que hacen oídos sordos cuando de condenar el franquismo versa el debate político.

Mientras en otros países europeos que también sufrieron regímenes fascistas, como Alemania o Italia, la condena de los mismos es absoluta y contundente por parte de la inmensa mayoría del plano político, en España todavía nos encontramos con un partido al que parece que hay que sacarle con cucharón una condena expresa de los actos cometidos por Franco. Tampoco es de extrañar dado el origen que dicha formación política tiene, tanto en personalidades fundadoras como en parte del ideario que proclama.

Es muy frecuente que las personas con responsabilidades para revertir esta situación de olvido e impunidad se amparen en el argumento que afirma que víctimas hubo en ambos bandos de la Guerra Civil. Es cierto, una guerra deja muertos por doquier. Lo que ocurre es que las víctimas del bando franquista fueron reconocidas públicamente como héroes nacionales tras el fin de la guerra, se les dio un entierro cristiano con la llegada de Franco y sus familiares fueron recompensados dignamente.

Sin embargo, las víctimas del bando republicano, como ya hemos dicho, han sido constantemente despreciadas y caídas en el olvido colectivo. Se las ha borrado de la historia. Por tanto, ese argumento no es cierto.

Así pues, Si de verdad queremos considerarnos una democracia plena, con garantes de progreso y de cohesión social, debemos empezar por dar reconocimiento público y notorio a toda nuestra historia reciente, no solo la del lado vencedor, sino también la parte vencida. Solo de esta forma, la actual fractura social (las llamadas dos Españas) y los resquemores que aún existen empezarán a desaparecer.

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