Aunque estaba grabado hace más de una semana el programa, que La Sexta subtituló Partido de Vuelta, como si fuera fútbol, poco tiempo han tenido para editarlo, si tenemos en cuenta que Salvados tiene como tiempo medio un mes para preparar cada programa, ponerle música si hace falta y colocar los planos de exteriores para que el público se sitúe en donde se desarrollará todo, con cierto tono de documental de cine, al final ha quedado todo como si fuera ahora mismo, sin ningún tema que pareciera desfasado o lo que fuera.

Al principio, Jordi Évole parecía querer ocupar más tiempo recordando cómo fue el anterior debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera en un bar de Barcelona, y retrasaba mucho el inicio del debate.

Ahora estaban en un lugar céntrico de Madrid, donde ellos le tenían que indicar dónde quedaba el Congreso de los Diputados, como si fuera un turista.

Luego empezó, y a medida que avanzaba y se tocaban los temas, la mayoría de ellos propuestos por Évole a base de noticias de actualidad recogidas en un papel, se vio que el buen rollo entre los dos políticos desaparecía poco a poco, aunque como dice el tópico, sin llegar nunca la sangre al río, pero empezaba la autodefensa de cada uno ante las acusaciones del otro.

Y se vio una pequeña metamorfosis: mientras Pablo Iglesias decía sus proclamas con la misma seguridad y el mismo tono de siempre, ya conocido de cuando se hizo famoso como contertulio en La Sexta Noche, Albert Rivera empezó a ponerse cada vez más nervioso, o se le veía en el resto del debate como algo alterado.

En Twitter todos apostaban a ver cuántas veces utilizaría lo de Venezuela para atacar a Podemos, y tardó en entrar el político de Ciudadanos con este tema. Más tensión hubo a partir del tercio final, con los dos pisándose la palabra sin que Évole pudiera pararles a tiempo.

No dejaron grandes frases de promesas políticas, más allá de lo que ya conocemos que defienden.

Pero salió lo de que Barcelona, con alcaldesa cercana a Podemos, decretó prohibir contratar servicios de empresas que estén en paraísos fiscales, y Rivera dijo estar de acuerdo. En temas así, se ponían de acuerdo, aunque no tocaron un tema en que ambos partidos están en desacuerdo: la violencia de género.

Tampoco se tocó la polémica con la Iglesia, más allá de decir ambos que debe pagar el IBI y estar en desacuerdo con apoyar o no a los colegios concertados.

Se acusaron de demagogia cuando hablaban de los refugiados y Rivera dijo que abrazó a niños sirios en Grecia, junto con la acusación de Iglesias de apoyar C’s los bombardeos a Siria. E Iglesias salió como pudo de la acusación de que Kichi, alcalde de Cádiz, apoyó la construcción de navíos para Arabia Saudí, cuyo Régimen político condena su partido, o Rivera sobre su famosa frase de las dictaduras, la paz y el orden y todo eso.

Algunas opiniones en Twitter al azar: “Me ha parecido el debate muy igualado; no sé a quién votarán los venezolanos”, “Decidle a Rivera que pare, estoy a un ‘Venezuela’ del coma etílico”, “Durante los anuncios [del programa], los niños a los que Rivera no puede abrazar, se los come Iglesias” o “¿Le ha preparado Eduardo Inda el debate a Rivera?”.

En resumen: objetivamente hablando, claro ganador a los puntos del debate, o combate en el último tercio, ha sido Pablo Iglesias, en tranquilidad y saber meter oportunamente más puyas al adversario que Albert Rivera, que apenas metió alguno, como lo del alcalde gaditano ya mencionado o lo de los presos de Venezuela.

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