Francia entra en estado de emergencia casi tres meses atrás, el primero desde la Segunda Guerra Mundial; un trece de noviembre que se suma a las muertes relacionadas con la publicación de las caricaturas de Mohammed en el semanal de Charlie Hebdo.

La violencia terrorista se alza como una amenaza global: no queremos víctimas inocentes en Occidente, la derecha se levanta, busca medidas proteccionistas para apaciguar el miedo de la ciudadanía y se firma la sentencia de muerte a los derechos humanos sin saberlo. El pensamiento analítico se doblega al programa que subyace detrás del teatro del politiqueo.

"No queremos más víctimas en Occidente". La violencia no resuena igual en todas partes; una víctima no parece ser igual en Oriente.

Culpar al Islam es cínico cuanto menos. Aportamos rechazo y odio ante una escena de incomprensión. Un acto de rebelión nace de segregación y prejuicio. Tras el manto de la organización se expone una gran masa de objetivos seleccionados cuidadosamente; a aquellas víctimas del arrebatamiento de derechos humanos se les promete venganza alzando una bandera religiosa, sábana de una célula política que, como Occidente, busca el beneficio propio sin que sus militantes sean informados. La tecnología favorece la comunicación y, con ella, el aprovisionamiento de masas desinformadas mediante la exposición a una propaganda diseñada para ser impactante, sea cual sea su bando.

Segunda mitad del siglo XX: el auge de la globalización y su traslado al plano social, político y cultural genera un conflicto por el arrebatamiento de la identidad personal. Un choque de civilizaciones que levanta la batalla por el más fuerte. El fenómeno terrorista no nace de una sola causa, hay conflictos étnicos, de ideología, religión, desigualdad y ausencia de democracia.

¿Pero es culpa de la alta esfera que antepone el interés económico a la dignidad humana o nosotros también fomentamos el amparo de la superioridad de los territorios adinerados a costa de aquellos que tildamos de villanos?

Todo radicalismo es metáfora de un perro herido, y la respuesta violenta nunca es buen escudo de la razón.

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