La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se tuvo que enfrentar a su primera prueba durante la semana pasada, la cual terminó siendo un enorme fracaso. Recordemos que la huelga de los trabajadores del metro de Barcelona que se convocó durante el transcurso de la semana dejó prácticamente paralizada a la ciudad, pero lo peor del caso que es que lo hizo al mismo tiempo que se celebraba la gran feria de tecnología Mobile World.

Si de casualidad no estás muy familiarizado con este evento, lo primero que debes de saber es que es uno de los eventos de telefonía más grandes en todo el mundo y que es el evento más grande que se lleva a cabo en Barcelona, ya que alrededor de 100.000 visitantes asisten a dicho evento y le dan una buena dosis de turismo a Barcelona.

Dicho evento está confirmado hasta el 2022, así que lo siguiente que se tenía que hacer en realidad era algo muy sencillo.

No por nada, los trabajadores del sector público siempre aprovechan las fechas cercanas al evento para hacer sus manifestaciones y protestar por sus pobres condiciones laborales.

Sin duda alguna Podemos decir que nadie se esperaba una actitud como la que Colua y su gobierno adoptaron ante la demanda de un aumento salarial del 1% pedida por los sindicatos. Ante esto, Colua se negó rotundamente a negociar antes de que la huelga fuera desconvocada.

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¿Por qué es rara esta actitud? Hasta ese momento ningún alcalde había reaccionado ni procedido de tal forma.

Tal vez lo que más llama la atención aquí es que rápidamente Colua decepcionó a la mayoría de sus seguidores, quienes pensaban que ella en realidad representaba una nueva izquierda alejada de toda la vieja “casta”. Simplemente es cuestión de recordar que ni Joan Clos, ni Xavier Tris o Pasqual Maragall, ex alcaldesa de Barcelona, adoptaron en alguna ocasión una postura así de autoritaria.

Colau repitió en repetidas ocasiones que lo que se tenía que hacer primero era desconvocar la huelga y que además no entendía de que se trataba, ya que según ella los sueldos que recibe la gente que trabaja en el metro es bastante respetable.

Si algo nos quedó muy claro aquí es que de gritar detrás de un megáfono a la mesa de negociaciones hay un mundo de diferencia.

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