Comienzos del Carnaval madrileño. Una obra de teatro de títeres para niños de 5 a 8 años. Una compañía de títeres con tintes de “okupas”… y la utilización de recursos públicos “culturales” para destilar posturas ideológicas con una pancarta que saludó al público infantil con un “Gora Alka ETA”, en alusión al terrorismo.

Ante el suceso, los asistentes al espectáculo, molestos, denunciaron los hechos. El Ayuntamiento los secundó, denunciando a los titiriteros. La policía los ha detenido. Un Juez les ha mandado prisión provisional. La Alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, no escatimó palabras este Lunes para calificar el incidente como “inaceptable e inadecuado para los niños.

Deleznable”.

Al poco tiempo se gestaron en las redes, en defensa de los titiriteros detenidos, los hashtags #LibertadTitiriteros y #YoSoyTitiritero. Una especie de “Yo soy Charlie Ebdo”, versión títere ibérico. Una pésima defensa a la libertad de expresión causada por un pésimo ejercicio de la misma por unos titiriteros provocadores.

El autor Alexis de Tocqueville, en su “Democracia en América”, explica cómo los límites a la libertad de expresión provocan, muchas veces, aquello que buscan detener. El incidente de los títeres es el perfecto ejemplo.

La ridícula oda al terrorismo –¡pronunciada por un títere!- fue escuchada por una veintena de niños y adultos. Pero si a la ridiculez le sumamos la denuncia del Ayuntamiento, la detención de los titiriteros y el pronunciamiento al respecto de distintos líderes políticos, el intento de silenciar al ridículo se convierte, por el contrario, en su divulgación masiva, gratuita y en segundos.

Lejos de animar la desaparición de todo límite a la libertad de expresión, la ridiculez de los titiriteros resultaba mejor arma que la denuncia; la ridiculez, por sí misma, aniquilaba los intentos divulgativos del mensaje.

En lugar de detener a un par de titiriteros, por demás desatinados, el ridiculizar su actuación, hacerlo a un lado y acusar a sus verdaderos artífices –al Ayuntamiento que les contrató-, habría sido mejor arma en contra de la pésima broma de utilizar un teatro guiñol para ensalzar terroristas.

En referencia al atentado contra la sede del periódico satírico francés Charlie Ebdo, David Brooks, articulista del NY Times, lo explicó excepcionalmente:

“Las sociedades sanas, en otras palabras, no silencian el discurso, pero conceden un estatus diferente a los distintos tipos de personas. A los eruditos sabios y considerados se los escucha con gran respeto.

A los humoristas se los escucha con un semirrespeto desconcertado. A los racistas y a los antisemitas se los escucha a través de un filtro de oprobio y falta de respeto. La gente que desea ser escuchada con atención tiene que ganárselo mediante su conducta.”

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