La CUP y Junts pel Sí finalmente llegaron a un acuerdo de investidura ayer sábado, a tan solo un día del plazo máximo de negociaciones antes de tener que volver a celebrar unas elecciones autonómicas. Esta opción, tras tres meses de agónicas negociaciones en las que a veces parecía peligrar en su totalidad el camino a la independencia en Cataluña, se ha saldado con el degollamiento del presidente de la Generalitat, Artur Mas y su sustitución por el actual alcalde de Girona, Carles Puigdemont.

Sobre esta cuestión Mas se ha apresurado a aclarar que ha sido una decisión propia y no una imposición del partido antisistema, CUP. Mas también ha asegurado que seguirá al frente de su partido, Convergència, en un intento por recuperar el apoyo popular perdido en los últimos años debido a los continuos casos de corrupción. El presidente en funciones, quien recordemos ha renacido de sus cenizas como el ave Fénix en contadas ocasiones tras lo que parecían irremediables descalabros políticos, tampoco niega la posibilidad de volver a  presentarse a la presidencia de la Generalitat en futuras elecciones pero destaca el perfil político e independentista del que será su sucesor, una figura afín a las posiciones más radicales del partido y mucho menos mediatizada.

El acuerdo de investidura se ha logrado a tan solo un día del plazo máximo para lograr un acuerdo por la presidencia que asegure el camino independentista marcado por diversos partidos en Cataluña, quienes a pesar de sus sustanciales diferencias, han optado por la baza de la negociación in extremis en lugar de enfrentarse a la decisión popular en nuevas elecciones. Esta posición resulta cuanto menos irónica, si atendemos a la incansable defensa de los partidos soberanistas del derecho a decidir democráticamente por parte de todos los catalanes, aspecto que no ha pasado desapercibido y ha sido destacado por la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau.

Por su parte la CUP ha accedido a renunciar a su papel como fuerza opositora en el parlamento, a ceder los votos de dos de sus diputados a Junts pel Sí y a no apoyar a fuerzas contrarias al partido en la presidencia en cuestiones que pongan en duda la estabilidad del gobierno. De este modo, Junts pel Sí tendría libertad para decidir en mayoría sobre todas las cuestiones parlamentarias, lo que sin duda allanaría el camino hacia la independencia en Cataluña.

Esta declaración de buenas intenciones tiene, sin embargo, un valor dificil de medir, ya que la estructura asamblearia de la CUP le convierte en una alíado inestable, cuestión que podría hacer peligrar este punto de las negociaciones.

A la espera de los resultados de la que se prevé sea la primera y única votación en mayoría para elegir al nuevo President, el sucesor de Mas partirá con la responsabilidad de tener que aprobar en el plazo de un mes los primeros planes rupturistas, los cuales se centran en leyes relativas a la seguridad social o a materializar el proceso constituyente de Cataluña.

Estas medidas sientan las bases de la hipotética nueva organización política de Cataluña ya que están destinadas a generar las estructuras institucionales necesarias que culminarían con la secesión de Cataluña en 18 meses.

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