Históricamente, el Congreso se ha perfilado como el lugar en donde se deciden las leyes que rigen la vida de los ciudadanos y en donde velan por el estado de Bienestar de sus respectivos países (o su contrario, en especial en estas épocas de crisis). Aquello ha venido siempre acompañado por la sobriedad en la presencia personal de los diputados o senadores elegidos por sus respectivas localidades.Sobriedad.O al menos, es lo que se esperaría de todos ellos.

Según el diccionario de la RAE, la palabra sobriedad es sinónimo de temple, moderación y carecer de adornos superfluos. El historiador del Arte Milán Ivelic, entiende la sobriedad como además de ser moderado, saber situarse y no creerse que uno es dueño de la verdad.

En la composición de los nuevos parlamentarios en las recientes Elecciones generales, el día de la sesión inaugural del Congreso veíamos (desde el otro lado del mundo) a un Alberto Rodríguez (Santa Cruz de Tenerife, 1981) paseando unas flamantes rastas, a una Carolina Bescansa (Santiago de Compostela, 1971) amamantando a su bebé y otros tantos diputados con total looks de Zara y Mango.

Sin duda Rodríguez y Bescansa han obtenido mayor notoriedad en la sesión, el primero por su aspecto y la segunda por el hecho.

Más allá de la pregunta de si es o no aceptable, considerando que el antiguo "status quo" de lo que debería representar un servidor público ha quedado claramente en un segundo plano, el gran tema es si estas actitudes acaso representan el alimento al propio ego. Rodríguez ha respondido a una entrevista que sus rastas es un peinado más como cualquier otro.

Pero, ¿debería ser adecuado si no representa una opinión favorable para la totalidad de ciudadanos a los que está representando? Las rastas son una moda ya generalizada, nacida en la cálida Jamaica y popularizada por el famoso cantante Bob Marley. Sin embargo en Europa no es más que otra moda, como el grunge o lo hipster. ¿Debería un parlamentario llevarlas como un elemento a su ego personal por la diferenciación, tratándose de un servidor que representa a quienes lo aceptaron y votaron por él así, como a los que no?

¿No estaríamos entonces frente a un elemento de superficialidad que jugaría en contra de un político que tiene como grito de guerra exactamente lo contrario? Es un tema difícil.

Del líder comunista Fidel Castro se le criticaba que vestía trajes de Armani en sus presentaciones públicas en una absoluta contradicción. Pero Castro creía que su imagen debía representar la dignidad de su pueblo a través de la estética.

¿Deberían los representantes de los ciudadanos entonces representar a través de su propia presencia personal la dignidad de sus ciudadanos? No se trataría de vestir trajes de alta costura, sino de tener un sentido depurado de la estética como herramienta moral al servicio de sus funciones. España no se caracteriza precisamente por el estilo al momento de vestirse, si la comparamos con Francia o Italia.

¿Cómo adaptarse a los tiempos sin caer en el completo desparpajo? Tarea pendiente para los nuevos parlamentarios, sin que por supuesto, los distraiga de su principal función que es el servicio público y transparente, sin frivolidades, pero con clase.

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