No era un debate cualquiera. Los dos estandartes de la nueva política en España, Pablo Iglesias y Albert Rivera se citaban en Salvados, ante las escrutadoras preguntas de Jordi Évole. El escenario, un humilde bar del maltrecho barrio obrero de Barcelona de Nou Barris, daba cuenta de lo que pretenden ser las nuevas cornetas ministeriales de nuestro país: cercanos, cotidianos, de conversación corriente y sobretodo, lejos del estereotipo de la casta que tanto nos ha enervado en los últimos años. Podemos y Ciudadanos, Iglesias y Rivera, Izquierda y Derecha. Preguntas y respuestas: ¡Qué poco acostumbrados estamos a ello!

El encuentro entre los dos oradores traía consigo tendencias opuestas. Iglesias, tras una brutal irrupción en los lobbies gubernamentales hace apenas un año, y tras arrasar en las pasadas elecciones municipales, se desinfla. A Podemos le castigan su idealismo. Los votantes empiezan a creer que sus promesas son quimeras y que sus poses son puramente populistas. Rivera, por su parte, está en un auge absoluto. Vuela en las encuestas a la caza del bipartidismo, al que ya tiene a tiro de piedra en las generales de diciembre.

La primera carta espinosa que Évole repartió en la mesa fue el paro. Ambos candidatos arremetieron contra la insuficiencia de PP y PSOE para reducir ese 22% de desempleo que atenaza la sociedad.

También se mostraron de acuerdo en que las condiciones de gran parte de los trabajadores son precarias, con sueldos exiguos y una protección insuficiente ante el músculo empresarial. Para Rivera, la solución pasa por establecer un contrato único, de duración indefinida, que acabe con los contratos basura.

Su formación defiende que ésta es una manera de dificultar el despido para las empresas y, por tanto, reducir así el número de parados. Iglesias, por su parte, concuerda con el diagnóstico de su homólogo, pero establece que su cura se fundamenta en una reforma del mercado laboral que pasa por subir los salarios, especialmente el mínimo legal determinado en 600 euros.

“La gente no puede cobrar un salario de miseria”, afirma.

Otro choque de trenes se produjo cuando se sacó a relucir el tema bancario. A los ojos de los empresarios, Ciudadanos es, naturalmente, un candidato preferible. Hace un tiempo el presidente de Banco Sabadell afirmó que “lo que hace falta es un Podemos de derechas”. Ése es Ciudadanos. Sin embargo, ahí radica la crítica de Pablo Iglesias, que trata de definir a Rivera como el candidato ideal de la patronal y, por extensión, un candidato a evitar para el proletariado.

Tanto Iglesias como Rivera se mostraron con confianza, relajados ante la navegación de temas que propuso Évole. Sin embargo, al candidato de Ciudadanos se le vio algo más tenso cuando el presentador propuso el tema catalán.

Iglesias se enarboló como un demócrata sin miedo a los votos, afirmando que él permitiría un referéndum sobre la secesión de Catalunya. Rivera, por el contrario, se niega a “romper España” pese a que aproximadamente el 80% del Parlamento catalán está a favor de la realización de un referéndum. Si éstas directrices le pasarán o no factura en unas hipotéticas reelecciones en Catalunya, está por ver, aunque sin duda se trata de una ideología arriesgada en vistas de la opinión del pueblo catalán. No obstante, los resultados de las pasadas autonómicas, donde Ciudadanos obtuvo 25 escaños, legitiman su postura.

El debate fue como una partida de ajedrez. Ambos jugadores movieron sus piezas con destreza, ofreciendo argumentos convincentes y con locuacidad.

Si hubo un ganador, fue por centímetros. Lo que quedó meridianamente claro es que la marea ha cambiado. Los tiempos de la vieja política caducan y ahora florece otra cosa, más fresca y clara. Y en ese nueve escenario siempre habrá un lugar para dos políticos que han cambiado todas las perspectivas pese a que, en el fondo, nada ha cambiado. Inmigración, paro, corrupción y secesión siguen siendo los temas de actualidad. Nueva política y viejas cuestiones.

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