Todo lo que contaremos aquí les parecerá de película de terror, con Boris Karloff en el reparto, pero es absolutamente real. Es un episodio poco conocido, que encontraremos en Internet, en el archivo del diario El País, por ejemplo.

A principios de 1939, con el Ejército republicano derrotado y las tropas de Franco a punto de entrar en Barcelona para imponer su larga dictadura de 36 años, Josep Tarradellas, que sería Presidente de la Generalitat en el exilio y durante tres años al ser restaurado en 1977, tomó una extraña decisión.

Francesc Macià, el legendario Presidente de la Generalitat de 1931 hasta su muerte en 1933, del cual ya les hablamos en otras páginas el mes pasado, había sido enterrado en el Cementerio de Montjuïc barcelonés.

Temiendo que fuera profanada la tumba por los franquistas, Tarradellas decidió sacar el ataúd de la tumba y esconderlo en una cripta de una familia sin descendientes, los Collaso Gil.

Lo hizo de manera secreta, por lo que años después los catalanistas, que durante el franquismo homenajearon clandestinamente a "L'Avi" ("El Abuelo", como era conocido Macià), no sabían que la tumba estaba vacía. Los franquistas odiaban a Macià porque fue militar español hasta que evolucionó a lo que fue, catalanista convencido. Así se entiende la decisión del político.

Ya en 1979 y muerto Franco, María, hija de Macià, que sabía toda esta historia, quería que Tarradellas, que llevaba dos años en el poder de la Generalitat reconstituida, arreglara aquello y devolviera el cuerpo de su padre a donde estaba antes.

Y eso no es todo: cuando su muerte en 1933, la popularidad de Macià entre sus conciudadanos era tan alta que se conservó su corazón como si fuera una reliquia, y Tarradellas lo conservó consigo muchos años, como hizo el ex Presidente argentino Juan Domingo Perón con el cuerpo de Evita.

Lo más extraño de esta historia cuasi macabra es que Tarradellas tenía proyectado, según fuentes socialistas de 1979, llevar el cadáver de Macià a una zona de nueva planta en las montañas del Montseny, a 50 kilómetros de Barcelona.

Allí irían el cuerpo y su corazón… y el cuerpo del propio Tarradellas cuando muriera. Decían esas mismas fuentes, sin bromear, que el President proyectaba su propio "Valle de los Caídos".

El Ayuntamiento de Barcelona de entonces, con el recién nombrado alcalde Narcís Serra, tenía pensado que Macià volviera a reposar donde fue enterrado originariamente.

También allí, con él, sería enterrada su esposa, Eugènia, fallecida en 1937, cuatro años después de su marido. Hoy en día, la tumba definitiva de Francesc Macià es una maravilla, con la lápida formando las cuatro barras catalanas.

Tarradellas no fue enterrado en donde proyectaba, ni siquiera en Montjuïc. Cuando murió en 1988, fue enterrado en donde nació, en Cervelló, a 25 kilómetros de Barcelona, y de manera mucho más modesta.

Es más conocido que al morir, en su testamento, confió su archivo personal, con millones de documentos, al Monasterio de Poblet (Tarragona), que se guardaron en sus archivos hasta pasado un cuarto de siglo, haciéndose públicos muchos de ellos. Ahora se están digitalizando más documentos.

Él fue un gran político, no cabe duda. Su mujer Antònia defendió su prestigio al ver campañas en su contra después de su muerte.

En cambio, Macià sigue conservando su aura mítica intacta después de tantos años entre los catalanes, incluidas las nuevas generaciones.

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