Después de los trágicos atentados perpetrados en París contrala sede del semanario satírico Charlie Hebdo, además de las consiguientesmanifestaciones a favor de la libertad y los derechos humanos en muchas partesdel mundo, ha surgido un debate- que ya estaba desde el 11 S en el aire- acercade si los estados deben restringir libertades y acotar derechos civiles ennombre de una mayor seguridad.

Lo cierto, y en esto coinciden muchos compañeros de prensa,es que a nadie - ni siquiera a un presidente o aun jefe de estado - es posiblebrindarle una seguridad total.

Todavía más, agrego yo, tratándose de actosterroristas, “células dormidas” o “lobos solitarios”; es decir, que en estecontexto de “guerras” de la posmodernidad, el enemigo está en todos lados. Así,por lo menos de parte de los Estados Unidos tras el 11S, el Presidente GeorgeBusch declaró que perseguirían a los responsables por todo el mundo, y que cualquier país del mundo que escondiera o proteja a terroristas seríatambién enemigo de Estados Unidos.

Por su parte, por aquel entonces Al Qaeda, hoy el Yihadismo islamista,además de combatir en Siria, Irak y también en otros países de África, haextendido su campo de batalla sobre las principales capitales europeas.

De este modo, su poder se potencia de una manera escalofriante porque se trata de unenemigo invisible, un fantasma que en soledad no duda en inmolarse para matar osembrar el terror en el corazón - las grandes capitales - de lacultura y la civilización occidental. Existen unos 5 millones de musulmanes quehoy viven en Francia, unos 8 millones en España, y un total de, aproximadamente, 25 millones de personas que profesan lareligión islámica en toda Europa.

Por supuesto que solo una inmensa minoría pertenece a gruposfanáticos radicales, pero ¿qué sucede con la otra gran mayoría que habita enEuropa?

y ¿Qué sucede también conaquella población, por decirlo de alguna manera autóctona u originaria de lospaíses que hoy forman la Unión Europea? (Aunque, por ejemplo, los que atentaroncontra Charlie Hebdo eran franceses nacidos en Francia, de origen inmigrante,pero ya de segunda o de tercera generación).

Me refiero a cuál es la forma en que los estados debenactuar para proteger tanto a uno como a otros. Un periodista de radio nacionaldecía, con bastante acierto, que los europeos dicen "Sí" al islam, aceptan otrareligión, tratan de integrar al diferente, pero dicen "No" al terrorismo, alfanatismo y a la intolerancia porque los valores de la civilización occidental,libertad, legalidad, estado de derecho y democracia deben defenderse por losestados, y también por todos aquellos habitantes, procedan de donde procedan, que tengan la suerte de habitar y vivir en países libres y civilizados.

El debate continúa, no es fácil para la inteligencia de los estados trazar el límite entre lalibertad, el derecho a vivir y defender estos valores occidentales, y larestricción de la misma en pos de una seguridad que, como ya hemos dicho en elámbito de "guerrilla criminal" que plantea el terrorismo yihadista, es casiimposible de lograr. Tampoco podemos llenar las ciudades de soldados y las calles de cámaras de vigilancia; tampoco podemos caer en la paranoia de ver en cadamusulmán, o en cada extranjero, o en cada persona diferente, que no piense osienta como sentimos los occidentales unenemigo, o un futuro enemigo porque caeríamos en un estado invivible yparanoico.

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