En la noche del 24 de diciembre, Felipe de Borbón se dirigió por primera vez a la ciudadanía española en el ya típico mensaje navideño al que nos tenía acostumbrados su padre. Unos de los datos característicos de la Nochebuena, desde hace casi 40 años, es ese discurso corto del representante de la Casa Real hacia sus súbditos para felicitarles las fiestas y, de paso, aprovechar para hacer un rápido resumen de lo acaecido durante todo el año, repitiendo siempre la misma cantinela para evidenciar el gran apoyo y todo el trabajo y esfuerzo que pone la figura del rey, para el beneficio de los ciudadanos españoles.


Este año, pese a la novedad de ser el primero en el que se iba a ver una cara distinta después de muchos años, no se esperaba con demasiados cambios en el fondo del discurso como tal, aunque sí en las formas de acometerlo. Y en eso no se equivocaban los expertos en esta materia. La primera diferencia fue que el rey no se dirigió a las cámaras tras la mesa de su despacho, sino sentado sin ningún tipo de parapeto, para dar la impresión de cercanía con sus espectadores. La colocación estratégica de las fotos, que se enfocaron en varias ocasiones, una con el rey y la reina en una pose distendida y cariñosa, sin ropas ostentosas, otra con la pareja y sus hijas dando la imagen de familia unida, y otra de sus padres para dejar constancia de que están muy presentes en su vida, tanto como persona como por el cargo que ostenta, evidenciaron la mano de Letizia.


La reina, en los años que estuvo trabajando como presentadora de informativos, adquirió una gran experiencia en la comunicación directa con un amplio público. Y eso se dejó notar anoche en la escenificación y las formas de dirigirse a las cámaras de su marido. Los gestos, posiblemente demasiado repetitivos pero que intentaban afianzar sus palabras, remarcándolas con el movimiento de las manos; las paradas estratégicas, para inyectar un cierto grado de importancia a una parte de lo que se está comunicando, e incluso la puesta en escena de todo lo que se encontrara en el campo de visión recogido por las cámaras, que esta vez ha presentado varios planos con movimiento a diferencia de otros años, que se limitaba a hacer un zoom sobre una toma estática, tenían la huella de la Letizia comunicadora.


Sobre el discurso en sí, tuvo casi todo lo que se esperaba escuchar: un intento de hacer creer que luchan contra la corrupción; un llamamiento a la unidad de España en plan "tirón de orejas cariñoso" a los independentistas catalanes; la demostración de su malestar por los problemas que atraviesa la clase obrera con la crisis; la lacra del paro y el principio de regeneración económica; la fe en que podemos resurgir de nuestras cenizas, y los retos que se han impuesto. Pero, aunque los expertos en estos asuntos estaban convencidos de que lo haría, no hizo referencia alguna, ni directa ni indirectamente, a su hermana y el proceso judicial en el que están inmersos ella y su marido.


Fue un poco más de lo mismo, con retoques escénicos, pero que defraudaron bastante a todos los que lo vieron y esperaban ver cómo se posicionaba en el incómodo asunto de Cristina e Iñaki. En previsión de lo que iba a comunicar el monarca español, una gran parte de la población prefirió hacer otra cosa mientras Felipe VI estuvo esos 14 minutos en pantalla. Realmente, la monarquía no está viviendo en la actualidad sus mejores momentos.
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