Lo vemos a diario. Las cifras que dan los sondeos realizados son contradictorios, difieren tanto unos de otros que es imposible hacerles caso. Es ilógico que un medio de comunicación que se precie de ser serio publique en primera página que un partido experimenta una subida en intención de voto y que, sin embargo, otro con ideología diferente muestre resultados completamente opuestos.

Es inaceptable tal manipulación de la opinión pública, que aporta datos erróneos e incluso falsos, según quién sea el que paga la consulta.

No nos engañemos: detrás de esos sondeos están los partidos que los contratan para condicionar sutilmente, casi de forma subliminal, la intención de voto de todo aquél que lo lea. Si no fuera así se podrían comprender ciertas discrepancias en los resultados, pero nunca esas diferencias abismales que, a poco que te pares a leer con calma y pienses, lo que provocan es indignación al ver que su intención es burlarse de la ciudadanía, tratándola de poco inteligentes.

Pero el pueblo de este siglo no es el mismo que el de la década de los 80 y los 90 que se conformaba con lo que decían sus políticos. Ahora la desconfianza hacia todo lo que venga de ellos es la norma generalizada, y el español empieza a pensar más, relee la prensa con más atención y, sobre todo, están aprendiendo a no creer a ciegas todo lo que se publique. La cantidad de casos de corrupción, de mentiras continuadas, de incumplimiento de promesas electorales, de ocultación y manipulación de datos importantes, el control del Poder Judicial desde el Poder Ejecutivo y un sinfín de patadas que ha recibido la clase obrera, la que levanta el país con su esfuerzo y su trabajo, han conseguido el milagro de que la mayoría de españoles hable de política, se interese por lo que le sucede a su país y entre en debates sobre economía en vez de dedicarse a discutir sobre si va a ganar el Barça o el Real Madrid.

Eso es bueno para esta sociedad que cae en picado hacia la ruina absoluta. Pero de nada va a servir si nos quedamos sólo con ladrar y quejarnos, con entender lo que pasa y denunciarlo entre los amigos, en los descansos del trabajo, en los foros o en las redes sociales. Así no se soluciona nada. Hay que dar un paso más. Hemos aprendido a ver la verdad que nos tapaban con su venda hipnótica de palabrería burda pero envolvente, carente de significado pero capaz de convencerte de que lo que dicen es verdad.

Ahora hay que subir al segundo peldaño, no nos conformemos con mirar al mundo desde el primero. Hay que conseguir que los corruptos acaben en la cárcel después de devolver lo robado.

Y lo que más necesita este país, y sólo nosotros lo podemos conseguir, es un cambio radical en los puestos de mando. Da igual cómo se llame el partido que pase a gobernar, no es lo importante. Lo que interesa al pueblo que trabaja y paga sus impuestos religiosamente, es que los que gobiernen este país sepan que las normas se van a cumplir, y el que robe irá a la cárcel sin contemplaciones.

Que la máxima de "el que la hace, la paga" se cumpla a rajatabla.

El que quiera dedicarse a la política ha de comprender que si quiere hacerse rico debe cambiar de rumbo y hacerse empresario y generar beneficios legalmente, que la política debe ser una dedicación con el único fin de hacer una sociedad mejor, no un trabajo muy bien pagado para toda la vida, sino un empleo de duración limitada y sueldo medio.

Entonces saldremos de este agujero negro y empezaremos a parecernos a los países bien situados en las listas de calidad de vida. Mientras tanto, ruina y corrupción. Usemos la cabeza...

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