Un día más, o uno menos, no sé cómo llamar a esta rutina. Llegas a un punto en el que no sabes cómo ver las cosas. Y el vaso que debería estar medio lleno, muchas veces parece estar vacío.

Despiertas en un día frío, donde agradeces hasta los rayos de sol que entran por tu ventana, te haces un café -de esos que te vuelven el alma al cuerpo-, desayunas, haces algunos deberes en casa y llega la hora de ir a trabajar.

Otra vez la rutina, día a día, durante casi dos años. Trabajar para sobrevivir, no para vivir.

Hasta que un día te detienes un momento y te preguntas; ¿de verdad esto es lo que quiero? ¿Soy realmente feliz? ¿A esto vine aquí? ¿En qué parte de esta historia olvidé mis sueños?

Para que me entiendan mejor, volvamos al inicio de esta historia; España, el nuevo hogar de una venezolana, yo.

¿Cómo explicar la primera sensación que tienes al llegar a un nuevo país? Que crees que conoces, pero luego te das cuenta que no es así.

¿Cómo explicar esa alegría y tristeza a la vez? Esa ilusión y melancolía.

¿Cómo explicar que, a través del tiempo, te das cuenta que el color de un sueño no es precisamente rosa?

Si eres inmigrante, sabes de qué hablo. Sabes que aunque ahora te sientas seguro y puedas caminar por las calles con tranquilidad, esto no es suficiente para sentirte libre, completo.

Si eres inmigrante, sabes lo que vale un "buenos días" cada mañana, un "hasta luego" al finalizar cada jornada, un "¿en qué puedo ayudarte?" De un alma amable, que aparece cuando más la necesitas.

Si eres inmigrante, sabes lo que es valorar cada puesto de trabajo. Como el repartidor de volantes por ejemplo, sí, ese que ignoraste en la calle, ese que tiene como compañeros de trabajo la lluvia, el humo, el sol y el frío. Ese que se vuelve invisible para un ejecutivo, pero no para ti, porque sabes lo que él siente al estar ahí.

Si eres inmigrante sabes, que aunque muchos te han recibido con los brazos abiertos, siempre serás un intruso, siempre serás un extranjero que ha huido de la triste realidad de un país.

Si eres inmigrante, sabes lo que es estar triste con una sonrisa en el rostro. Y que aunque trates de explicar lo que sientes a un local, jamás va a entenderte.

Si eres inmigrante, sabes que esto es un sube y baja, como una montaña rusa, dónde no sabes cuándo vas a estar en la cima ni cuando vas a volver a bajar. No sabes cuándo sentirás que te hundes tú mismo al soportar cosas, que a veces dudas, si deberías soportar.

Si tuviera que darles solo un consejo

Si tuviera que darles solo un consejo, sería que no importa lo que te haya pasado, no importa cuántas veces te hayas caído, no dejes que nada, ni nadie, te distraiga. No dejes que nada te endurezca. No dejes que la sociedad te absorba. No dejes que nada borre tus sueños.

Puede que tu sueño no sea fácil y su color no sea el que esperabas, pero también sé que si has llegado hasta dónde estás ahora, es porque puedes lograr eso que has venido a buscar.

Te dirán muchas veces que hay personas que están peor que tú, que lo que tienes ahora está bien. Yo solo puedo decirte que no te conformes con eso, son palabras vacías de personas que se conforman con migajas.

Y aunque en este momento sigas una rutina, que no es precisamente la que quieres, piensa que eso te va ayudar a empezar lo que tanto deseas.

Y aunque en este camino aprendiste que el color de tu sueños no es precisamente rosa, recuerda que hay otros colores esperándote para dibujar tu destino.

Y aunque el vaso no siempre esté medio lleno, solo tú puedes llenarlo.

Ya es momento de despertar y convertir tu día frío, en una oportunidad. Y aunque a veces lo dudes, eres más grande de lo que piensas.

Esto es lo que he aprendido hasta ahora, de mi nuevo hogar [VIDEO], España.