Los viejos paradigmas del pasado parecen haber caído. La era de la ilustración, de las verdades absolutas y las definiciones universales de los grandes temas humanos, parece haber sido dejada atrás. Se pone de moda la afirmación individual total, el respeto absoluto a las preferencias personales, la vida como acto de consumo hedonista, la muerte de la reflexión como vía hacia cualquier conocimiento sólido y la personalización absoluta de vidas totalmente tuneadas al calor de un mercado que lo inunda todo ofreciendo a quien pueda permitírselo todas aquellas experiencias y productos que sueñe.

La mercantilización de la vida ha traído a la gente corriente la idea de que tiene que aplicarse a su vida los mismos conceptos competitivos que rigen a las grandes compañías.

Una persona, una marca. Un perfil en internet, una oportunidad para venderse. El escaparate de las redes sociales desdobla nuestra identidad y nos hace sumirnos en un sacrificio permanente en favor de la imagen sobre el propio ser. Vivimos en burbujas digitales rodeados de esos desdoblamientos en un continuo bombardeo de imágenes artificiales. Parece la versión humana y digital de la zanahoria y las orejeras de los caballos.

Los grandes sueños totalitarios se identifican con los estertores de un modernismo ilustrado llevado al extremo. Todo para el pueblo, pero sin el pueblo. Sin embargo, vivimos ahora una especie de castración política de la ciudadanía. Queda una libertad de mando a distancia, de consumidor compulsivo que nos permite elegir el color de la carrocería del coche o el tipo de envoltorio que tendrán las compras necesarias.

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Pero más allá de esas elecciones dentro de lo previsto, de ese buffet libre forzoso, no hay elección. El sistema es el que es porque es el mejor posible. Vivimos en el mejor de los mundos y los males que azotan a la Sociedad son comparables a los chubascos inoportunos, por inevitables, por molestos, por completamente naturales.

Se estimula la reivindicación salvaje de lo individual para reducir la experiencia humana a una subjetividad inocua para el sistema. La reflexión crítica es apartada por poco productiva, por inútil. La única razón, el único sujeto objetivo, parece ser el dinero. De eso nadie duda.