¡Somos un país de pandereta! Cómo no definirnos así, tomando como propias las palabras del bueno de Antonio Machado, si encontramos ejemplos desastrosos en todos los ámbitos de nuestra sociedad, y tan solo voy a citar unos pocos.

Somos el país del sol casi por excelencia en la Unión Europea, y mientras en otros estados se fomentan las energías renovables, nosotros no sólo hemos disminuido una producción que era la envidia de muchos, sino que hemos colocado, por arte de magia, un impuesto al sol. Un bien del que presumimos y nos enorgullecemos en nuestras playas en verano, pero que si trata de quitarle poder a las eléctricas lo privatizamos.

Un bien que, españoles, os recuerdo, es de toda la humanidad.

Este año hemos incendiado bosques, que nos viene muy bien para que las constructoras compren los terrenos y continúen edificando casas, de las que posteriormente nos echarán y se quedarán los bancos, a los que por cierto, rescatamos todos. Y un consejo a los afectados por las cláusulas suelo, esperad sentados.

Tras 18 años del gran vertido tóxico de la mina de Aznalcóllar, el río Guadamiar sigue contaminado a las puertas de Doñana. Pero bueno, qué más nos da si estamos dejando que Gas Natural Fenosa llene de combustible este espacio protegido. Total, la humanidad ya se ha encargado de quitarse de en medio a la mitad de especies del planeta, por no hablar de los animales que abandonamos o envenenamos.

Más de un centenar de mujeres asesinadas por violencia machista y la desoladora imagen de Alepo y de sus niños no han conseguido despertar nuestras conciencias.

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Es impensable que perviva con tanta fuerza la lacra del machismo, o que no hayamos acogido ni a una décima parte de los refugiados a los que prometimos dar asilo.

Confiemos en los niños, ellos son el futuro. Creamos un sistema educativo que recorte en cultura y que ponga difícil el acceso a ella a aquellos que menos recursos tienen. Los ‘enchufados’ heredarán nuestros imperios, los preparados y capacitados emigrarán para poder trabajar, y quedarán los ninis, una nueva categoría social a la que culpar cuando todo nuestro sistema se vaya al garete.

Entre símbolos franquistas y carreteras, al final todo se reduce al dinero, en efecto, pero el de las clases medias. En España somos muy chulos, y hacemos una amnistía fiscal para que políticos, altos cargos, y ‘gente bien’ blanquee sus fortunas sin impunidad, mientras subimos los impuestos de bienes necesarios.

Al menos algunos de los sinvergüenzas que nos robaban a diario se sientan hoy ante los tribunales. Su dinero, perdón, nuestro dinero, desaparecido también, y sus condenas, reducidas por colaborar.

Lo que me recuerda a aquel hombre senegalés que el pasado enero fue condenado en Almería a 9 meses de cárcel por robar una gallina para comer, el pobre hombre no llegó ni a llevársela.

Para el final me dejo los meses sin gobierno, la sucesión de elecciones, y la falta de capacidad de negociación y paripés políticos varios. Un año que nos deja idas y venidas de nuestros políticos, para acabar sentando a los de siempre en sus sillones. Entre ellos, Fátima Báñez, ministra de trabajo artífice de la reforma laboral más lesiva en nuestro país y que, por cierto, nunca ha trabajado en ninguna empresa ni ha aprobado oposición alguna.

Ay si Machado levantase la cabeza, nuestra querida España de pandereta te desearía, como yo, un feliz 2017 cargado de humildad y sensatez, porque a “la sombra de un lechuzo tarambana, [...] el vacuo ayer dará un mañana huero".