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Venezuela, un país que acogió a miles de inmigrantes de diferentes nacionalidades, españoles, colombianos, asiáticos en general, bolivianos, chilenos, peruanos, en fin, un país con mucho que ofrecer y un país con una moneda que llegó a tener mayor valor que el tan aclamado dólar estadounidense.

Ese mismo país, hoy ve marchar no sólo a esos inmigrantes que un día tocaron su puerta, sino a miles de venezolanos que ven sus sueños desvanecerse con el pasar de los días, de los años, con una esperanza que cada día es más remota, esa esperanza de poder estudiar para ejercer plenamente una carrera universitaria, esa esperanza de algún día poder tener una vida digna en todos los sentidos.

Cosas tan sencillas como poder ver andar a sus hijos en bicicleta libremente por las calles, ir al mercado y conseguir a precios ajustados a la realidad lo que necesitas para ti y para tu familia. 

Lo que en casi cualquier parte del mundo es algo completamente normal, como comer tres veces al día de manera balanceada, en Venezuela es un un milagro o algo casi inalcanzable.

Contar con servicios públicos adaptados a las necesidades de la sociedad, una sociedad que merece dichos servicios ya que la misma debe ser beneficiaria de lo que cada venezolano cancela en impuestos. El simple hecho de no poder enfermarse porque si no cuentas con un seguro médico altamente costoso, no tienes acceso a una atención médica responsable y digna ya que los centros públicos están altamente colapsados en un contexto insoportable porque el estado no asume la responsabilidad de atender esta demanda de artículos, medicinas, instalaciones, etcétera. 

El Venezolano que asume la responsabilidad de emigrar, lo hace por múltiples razones.

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Lo hace huyendo del hambre, de la inseguridad, de la ignorancia, de la involución, de la carencia, de la falta de oportunidades. El venezolano que emigra lo hace lleno de esperanza, lleno de un susto en el corazón, lleno de ganas de vivir, lleno de incertidumbre y lleno de la inmensa esperanza de poder ayudar a la familia que se queda en su país. El choque cultural de cada venezolano en cualquier parte del mundo termina siendo nutritivo, y aunque pasen penurias o momentos desagradables por la xenofobia que puedan encontrarse en el camino, finalmente el crecimiento personal termina siendo invaluable. 

Nadie ha dicho que sería fácil, nadie ha dicho que se volverían ricos económicamente, lo que sí es seguro es que una mejor vida está por llegar fuera de su lugar de nacimiento. Lo que sí es seguro es que cuando escuchen "el alma llanera" vean a artistas como Chino y Nacho triunfar en la música e influir a nivel internacional o vean una bandera tricolor, sentirán un nudo en la garganta con incontables recuerdos almacenados en su corazón y en el alma.