Según el Programa Mundial de Alimentos, casi 800 millones de personas en el mundo no disponen de suficientes alimentos para tener una vida saludable y activa. Asia es el continente donde más seres humanos padecen #Hambre en el mundo en cifras totales, pero África Subsahariana constituye la región con el mayor porcentaje de personas que pasa hambre: una de cada cuatro presenta #Desnutrición.  

La desnutrición provoca que más de 3 millones de niños y niñas mueran al año. Mientras tanto, los supermercados tiran todos aquellos productos que no han conseguido vender. Por ello han surgido diferentes iniciativas, tanto a nivel local como nacional o global con el objetivo de plantarle cara a este despropósito

El 12,9% de la población que presenta desnutrición se encuentra en países en vías de desarrollo.

Pero no hace falta mirar hacia África Subsahariana para ver a gente que pasa hambre. Solo hace falta salir a la calle para poder ver a gente sin recursos rebuscando en la basura en busca de algo -que ha sido desechado por el supermercado más cercano- para llevarse a la boca. 

Países como Francia han implantado una ley contra el desperdicio de alimentos; los supermercados están obligados a donar todos aquellos productos que no han sido vendidos -y cuyo destino era la basura- a diferentes organizaciones benéficas o bancos de alimentos. A pesar de esto, el egoísmo y el ansia de beneficio ha provocado que algunos supermercados en Francia hayan preferido rociar con lejía los alimentos o dejarlos en almacenes cerrados para evitar que fuesen recogidos. 

La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha creado otra iniciativa, Save Food, que pretende disminuir el desperdicio de comida.

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Para ello quiere colaborar con diversas instituciones financieras e industrias del envasado de alimentos. El problema es que todos estos organismos con los que pretende colaborar son defensores del máximo beneficio, por lo que resulta complicada la puesta en marcha de esta iniciativa.

Instar a diferentes organismos a poner en marcha iniciativas para reducir o acabar con el desperdicio de alimentos no debería ser la solución. Nuestras conciencias se ven obligadas a proponer este tipo de proyectos porque nos encontramos sumidos en un sistema de producción insostenible. Estamos produciendo más de lo que somos capaces de consumir y en vez de instar al sistema a que reduzca su producción, intentando crear un nuevo mercado sostenible, damos por hecho los excedentes e intentamos hacer algo con ellos. 

Si contamos con que este sistema de producción seguramente continúe, es decir, siendo prácticos, este tipo de iniciativas son necesarias. Si hubiésemos sido capaces de conseguir un desarrollo sostenible, estas iniciativas ni se nos habría pasado por la cabeza. Con un modelo de producción sostenible la gente no pasaría hambre; el mercado no estaría basado únicamente en el beneficio, si no en el bienestar social global.