En las vísperas de saber los resultados de las elecciones americanas, y dada la coyuntura, hoy era un día indicado para la reflexión. Despuntan numerosas dudas para las que quizá no tengamos unas respuestas coherentes, y si las tenemos, nos resultan irónicas. ¿Cómo es posible que Trump se sitúe tan cerca de la victoria? Pero, sobre todo, ¿esto qué dice sobre nuestra actual sociedad? 

Quizás sea pronto para buscar una definición concreta de la era en la que vivimos, y el análisis, sino es retrospectivo, no está del todo completo. Pero los indicios ya apuntan a ciertas tendencias que preocupan. 

Ha sido hoy cuando en un seminario acerca de la televisión en España me sobrevenía un alud de ideas, que aunque muy dispares, no podía evitar relacionar.

Y bien, aquí la segunda pregunta: ¿cómo es que en un país supuestamente educado la cadena más vista sea conocida por su programación de una calidad, y unos contenidos cuestionables? Telecinco ofrece una parrilla basada en programas de prensa rosa, amarillista, programas de telerrealidad casposos y… en cuanto a series, entretenidas, pero de ahí no pasan. No se trata de enfrascarse solo en contenidos de alto grado intelectual, pero sí reconocer el medio audiovisual como un canal de Cultura, no de incultura. ¿Pero a quién culpamos? Pues bien, la pregunta es difícil, pero está claro que el problema radica en una carencia de educación y de fomento de la cultura, que deriva directamente en la pésima gestión del Gobierno en cuanto al sistema educativo.

La gente ya no encuentra belleza en el arte, en la maestría o en el detalle… ni se les ha enseñado, tampoco.

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Ahora se va en busca de un entretenimiento vano, vacío y  ágil, que no requiera esfuerzo mental, que no tiente al pensamiento, simplemente que alimente las horas vacías de nuestro tiempo sin más - todo masticado y con embudo. 

Es cierto que con la llegada de un postmodernismo que se desentiende de etiquetas y de paradigmas, los valores sufren una grave crisis. Crisis, en verdad, si así se puede llamar, puesto que por otro lado todo este afán por salirse de los paradigmas ha generado aún más, hasta el punto de que cada uno vive el suyo propio y tan orgullosamente.

¿Qué ha sido del pensamiento crítico? Preguntémoselo al mismo hombre que decidió que filosofía en Bachillerato sería una asignatura opcional, o al que decidió aceptar la palabra “murciégalo” en la Real Academia Española. Las cosas cambian, pero de ahí a que en Estados Unidos se esté contemplando la victoria de un hombre cuyos comentarios misógenos, racistas, denigrantes se estén aplaudiendo, hay un salto cualitativo. Mientras que por momentos parece que el feminismo (desde la igualdad) parece alzar el vuelo, se mina la importancia a comentarios como los que hizo en republicano Donald Trump acerca de las mujeres: “La belleza y la elegancia, ya sea en una mujer, un edificio o una obra de arte sólo es algo superficial o algo lindo que ver”.

¿Quién en su sano juicio acepta que la persona que pretende dirigir una de las potencias mundiales diga tales salvajadas? 

Puede ser que la gente se sienta cada vez más insegura en una sociedad en la que confluyen guerras, terrorismo e incertidumbre. El miedo deja mella, pero estamos cayendo en los radicalismos y en el odio. En vez de resaltar las diferencias, deberíamos aspirar a unir fuerzas, pero nos resquebrajamos. La educación juega un gran papel en esta gran labor de consenso, pero dudamos acerca de unos valores que en sociedad son esenciales: el respeto y la tolerancia.

Y la última gran pregunta es, ¿cómo convencer a los que consideramos ineducados de que una cierta educación es la correcta, y viceversa, cómo pretenden convencernos? La duda ofende, y cada vez nos duele más. Empecemos por inculcar la comprensión, por fomentar la cultura, y… ahora que podemos, realizar una retrospectiva del pasado… porque los errores vuelven a cometerse.